I. Breve reseña histórica
La
más antigua referencia sobre lo que hoy llamamos Esquizofrenia nos es
dada por Regis, quien manifiesta haber encontrado un autor Willis
(1672) que en el capitulo de Estupidez o Morosidad, describe el
pasaje de jóvenes de espíritu vivo que caen al llegar a la adolescencia.
Pinel en 1809, consideraba estos casos bajo el capítulo de Idiotismo.
Esquirol en 1814 lo describió bajo el nombre de Demencia crónica.
La
denominación de Demencia Precoz corresponde a Morel (1851), quien en
sus descripciones los incluyo en el Idiotismo, Estupor, Demencia aguda.
Más
tarde en Alemania, Kahlbaum en 1863, destaca la existencia de la
enfermedad en relación con la adolescencia y la denomina Hebefrenia. Su
discípulo Hecker completa el cuadro en 1871, describiendo
síntomas que intentan darle una jerarquía a la entidad clínica: edad de
comienzo, rapidez evolutiva hacia un cuadro deficitario.
Kraepelin
retoma el nombre de Demencia Precoz creado por Morel y bajo su
designación comprende los casos de Hebefrenia, Catatonía y más adelante
la Demencia Paranoide, tomando como eje el énfasis en la marcha hacia
la demencia, o sea primando el criterio evolutivo.
En
ese momento dentro de la forma clínica de Demencia Paranoide se agregan
los casos de delirios con cierto grado de sistematización de la edad
adulta por su supuesta evolución a la demencia (muchos de los cuales
integraban la paranoia).
Estos cambios y movimientos hacen que el grupo comience a tornase caótico.
Hasta
aquí la línea para entender esta patología era el deterioro a nivel
intelectual, la organización del pensamiento, las conductas.
Kraepelin
integra el embotamiento afectivo como característica de la patología.
Pero se encuentra con pacientes en los que existe un mayor calor
afectivo y menor deterioro, permitiéndoles un funcionamiento más
integrado y mejor contacto con la realidad, por lo que se ve en la
necesidad de distinguir un nuevo grupo bajo la denominación de
Parafrenia (1912).
Es interesante como la integración de la afectividad complica la clasificación llevándolo a excluirlos del grupo inicial.
El
embotamiento afectivo y la indiferencia recalcada por Kraepelin
influyeron en las concepciones francesas, que encararon la afección
como una Demencia Afectiva.
Frente
a la concepción clásica y la noción de “entidad mórbida” surge una
fuerte reacción “psicodinámica” con todo el peso de las asociaciones
afectivas.
Con
Bleuler en 1911 se describen los síntomas fundamentales las “cuatro
aes”: alteración en la capacidad de asociación, en la afectividad, el
autismo y la ambivalencia.
Las
críticas al nombre de Demencia Precoz dieron lugar a dos nuevas
denominaciones, Bleuler primero llamándola Esquizofrenia y luego
Chaslin designándola Locura Discordante (siendo quien introduce el
término discordancia).
Bleuler
bajo el término Esquizofrenia (literalmente “mente dividida”), pondrá
el acento en la escisión del pensamiento, emociones y conductas, sin
dejar de poner énfasis en la presencia del deterioro en este tipo de
pacientes.
Dentro
de esta concepción engloba la Demencia Precoz de Kraepelin y otras
afecciones como ser los casos impuros de manía y melancolía, las
confusiones alucinatorias, una parte de las Psicosis de los degenerados
de Magnan, algunos síndromes carcelarios, etc., ya que entiende la
Esquizofrenia como un proceso mórbido que se presenta bajo distintas
formas clínicas pero con una estructura análoga.
Es así que prioriza la concepción psicopatológica pasando a un segundo plano el criterio evolutivo.
La
contribución de Bleuler fue la introducción de una jerarquía de
síntomas y la integración de las concepciones psicoanalíticas además de
introducir el subtipo de Esquizofrenia Simple.
Con
la pérdida de criterios precisos la noción de esquizofrenia se volvió
más atenuada, al punto de llegar a ser una disposición caracterial: la
“esquizoidia” descrita por Krestchemer, afirmándose entonces la
hipótesis constitucional psiquiátrica.
Minkowski
habla de que la perturbación inicial de la esquizofrenia consistía en
la “pérdida del contacto vital con la realidad”, no como causa sino
como efecto del trastorno profundo de la personalidad instintivo
-afectiva.
En
1933, Kasanin propone el Trastorno Esquizoafectivo definido como
síndromes de rasgos depresivos o maníacos que se desarrollan antes o
simultáneamente con procesos psicóticos, presentando la incongruencia
entre los afectos y el pensamiento.
Como
ya mencionamos a principios del siglo XX el grupo de Zurich, con
Bleuler y Jung, realiza una articulación de las ideas de Freud en el
pensamiento psiquiátrico. Lo que estos autores retienen esencialmente
de los primeros trabajos de Freud es la importancia de la afectividad
en la regulación, dirección e incluso en la perturbación de la vida
psíquica y el pensamiento.
Ey,
desde su concepción órgano-dinámica, plantea en la Esquizofrenia “la
exclusión sistemática de la vida afectiva....el esquizofrénico se
quiere y se muestra insensible, indiferente y frío,... destruyendo al
mismo tiempo la realidad externa e interna”. Las manifestaciones
emocionales son desconcertantes e “inmotivadas” ya que surgen de una
capa afectiva “impenetrable y secreta” siendo esta motivación
estrictamente interna.
II. La afectividad, el DSM IV y el Psicoanálisis
Según
el DSM IV “Los síntomas negativos de la esquizofrenia constituyen una
parte sustancial de la morbilidad asociada con el trastorno. Tres
síntomas negativos - aplanamiento afectivo, alogia y abulia-
están incluidos en la definición de esquizofrenia.
El
aplanamiento afectivo es especialmente frecuente y esta caracterizado
por la inmovilidad y falta de respuesta en la expresión facial del
sujeto, contacto visual pobre y reducción del lenguaje corporal. Si
bien en ocasiones una persona con aplanamiento afectivo puede sonreír y
mostrarse cálida la mayoría del tiempo el abanico de su expresividad
emocional esta claramente disminuido. Para determinar si el
aplanamiento afectivo es suficientemente persistente para cumplir el
criterio, es útil observar al sujeto interactuando con su prójimo.
A
pesar de su ubicuidad en la esquizofrenia, los síntomas negativos
pueden ser difíciles de evaluar porque ocurren en continuidad con la
normalidad, son inespecíficos y pueden ser debidos a varios otros
factores (por ej. Ser consecuencia de los síntomas positivos, efectos
secundarios de la medicación, un trastorno del estado de ánimo,
hipoestimulación ambiental o desmoralización).”
Hasta
lo aquí expuesto las descripciones psiquiátricas parecen poner el
acento en el área del pensamiento en la función restitutiva (delirio) o
la evolución la deterioro de las llamadas funciones superiores:
pensamiento, lenguaje, inteligencia, y en el área de la afectividad en
el embotamiento, la discordancia, desapego, etc. Lo que resultaría
difícil de evaluar por ser manifestaciones inespecíficas o encontrarse
relacionadas con otros factores.
Desde
el Psicoanálisis, Klein plantea como punto de fijación de la
psicosis esquizofrénica la posición esquizoparanoide caracterizada por
la escasa integración del yo, las relaciones de objeto parciales, los
mecanismos de defensa arcaicos (Identificación proyectiva, escisión,
etc.), afectos masivos, violentos y ansiedad persecutoria.
Para Bion, “La personalidad esquizofrénica depende de la existencia en el paciente de 4 características:
a) un conflicto nunca resuelto entre los instintos de vida y muerte
b) predominio de impulsos destructivos
c) odio a la realidad interna y externa
d) relación de objeto frágil pero tenaz.
Esto
hace que el paciente esquizofrénico progrese de la posición
esquizoparanoide a la depresiva de una manera muy diferente a la
personalidad no psicótica. La diferencia surge del hecho de que este
conjunto de características conduce al uso masivo de la identificación
proyectiva.”
Mendilaharsu
habla de una parte destructiva de la personalidad constituida por
precursores afectivos violentos (voracidad, envida, etc.) “que pugnan
por manifestarse y que solo pueden tener sobre el yo una acción
desorganizante y destructiva” en la que poder mantener los límites es
función del yo. En los brotes psicóticos esos límites se perderían
invadiendo la parte destructiva toda la personalidad, apareciendo la
desorganización de las funciones o conductas o los trastornos del
pensamiento y la afectividad.
En
los comienzos del siglo XX nos encontramos con una gran controversia
sobre la causalidad de la enfermedad. Tras la búsqueda de una causa
única surgen las corrientes organicistas y las psicogeneticas.
Esta
atribución de las causas, generó distintos tipos de terapéuticas, donde
aún hoy se mantienen a modo esquizofrénico, escindidos y disgregados
los distintos abordajes terapéuticos. A veces con enfrentamientos
violentos, o antagónicos reproduciendo una visión parcializada de la
enfermedad, sin lograr muchas veces una integración que posibilite un
desarrollo que no ataque la fusión de las distintas partes de la
persona.
Al decir de E. Morin “un pensamiento mutilante conduce necesariamente a acciones mutilantes”.
III. Desapego, pero también otras manifestaciones afectivas.
Si
bien desde la psiquiatría se ha puesto mayor énfasis en los aspectos
deficitarios en relación a la afectividad también se han descrito
manifestaciones que denuncian vivencias y expresiones emocionales de
gran intensidad pero que no entran en las categorías del entendimiento
común.
En
este sentido Kraepelin cuando describe la demencia precoz establece una
distinción entre síntomas fundamentales siendo uno de ellos el
repliegue afectivo y síntomas accesorios entre los que menciona accesos
depresivos o excitativos.
Siguiendo
sobre la línea de la afectividad Bleuler describe como uno de los
síntomas primarios de la enfermedad los accesos maníacos y melancólicos
que se entrelazan en el cuadro clínico (clasificándolas dentro de las
variaciones “holotímicas” del humor) destacando los estados catatónicos
(excitación o depresión catatónica).
De
todos modos no es necesario remontarnos a estas descripciones ya que en
la nomenclatura actual nos encontramos con clasificaciones y
expresiones tales como: melancolía atípica de comienzo de la
esquizofrenia, trastorno esquizoafectivo, presentación o máscara
hipomaníaca, así como reacciones y expresiones de los pacientes que nos
desconciertan y nos obligan a repensar el concepto de desapego.
Encontramos en una entrevista televisiva el relato de un hombre de 50 años con diagnóstico de esquizofrenia.
A
pesar de que no se trata de una entrevista clínica durante su
transcurso se va dando cuenta de distintos aspectos que desde el punto
de vista semiológico hablan de la enfermedad (comienzo precoz,
evolución “muda”, quiebre o eclosión en el curso de vida que lleva a
distintos tratamientos, dificultades de inserción social, alteración de
los pragmatismos, sensación de extrañeza por lo que le pasaba, etc.).
De todos modos al escuchar a esta persona y el modo en que relata lo
que le sucede, surgen elementos que nos cuestionan e interpelan sobre
conceptos esenciales para la definición psiquiátrica de esta patología
como son el deterioro, la falta de conciencia de enfermedad, ausencia
de empatía, pensamiento sin finalidad comunicativa pero sobretodo la
exclusión de la afectividad.
A
través de sus palabras el entrevistado puede dar cuenta de sus
vivencias internas, del odio, resentimiento y agresividad como afectos
destructivos que, como se ha planteado teóricamente, hacen a un vivir
esquizofrénico atacando las posibilidades de un contacto no
distorsionado con la realidad, así como los mecanismos que en forma
masiva hacen que las fantasías pasen a crear una realidad nueva aunque
no haya delirio. Pero también da cuenta de como cuando se logra cierta
integración se vivencian los afectos positivos, el poder pensar y por
tanto se establece un mejor vínculo con la realidad exterior.
A modo de ejemplo transcribimos algunos extractos de la entrevista:
“A
los 16 me enfermé, 10 años después asumí la enfermedad. Fue
catastrófico. Yo estaba en el medio del agua un día de invierno, con
una lancha de marineros persiguiéndome, y digo: ¿Qué hago yo acá en el
medio del agua?, esto no es lo que yo busco. Ahí tuve como un rayito de
luz que me mostró que estaba haciendo algo incoherente. Salí, me
entregué, me llevaron a un sanatorio particular y ahí empezó a andar la
maquinita. (...)
El
pronóstico no es muy bueno, porque es una enfermedad muy difícil, muy
profunda psicológicamente. Hasta los propios médicos y profesionales no
se ponen de acuerdo si es una teoría, otra teoría, una técnica u otra
técnica. Están en desacuerdo y peleados entre sí. Entonces es muy
difícil encontrar una persona que cale hondo y te vaya elevando de a
poquito, hasta llegar a un momento donde uno se inserta en la comunidad
donde vive (...)
Dos
tipos de encare diferentes: la rehabilitación psicosocial, donde se
busca lo que tiene de rescatable una persona enferma y se lo potencia
para que pueda salir por ese lado; y la otra posición es la terapia
psicológica propiamente dicha, que ataca la enfermedad en sí. Las dos
son difíciles de conseguir, pero haciendo un poco de una y otra uno va
repechando. (...) La medicación te nivela bastante.(...)”
Periodista: ¿Cómo es un día en tu vida?
Entrevistado:
Es realmente, como dijo un profesor, muy cómodo, uno con la excusa de
la enfermedad adquiere ventajas que los hermanos no tienen.
Periodista: Te hacés el vivo.
Entrevistado: Si, pero con permiso. Es preferible que uno vaya tranquilo, a que le exijan demasiado y uno caiga de vuelta (...)
Yo
tengo un sistema para sentirme mejor que es meditar. No es pensar sino
que meditar es una manera de ir hacia adentro de uno para ver que
anda mal adentro de uno, que uno lo aprende con el tiempo y va,
conducido por un buen terapeuta, profundizando en diferentes
temas: el padre, la madre, los hermanos, la sociedad, el entorno, la
comunidad, el trabajo. Y uno va profundizando y viendo que es lo que
puede cambiar y no en la vida de uno. Y lo que busca la terapia, que es
muy interesante, es como uno está mal con los padres, hay un odio, una
carga de resentimiento, de agresividad, y como el terapeuta (En ese
momento realiza una pausa y se dirige a su madre para apoyarle la mano
sobre el brazo y decirle en tono afectuoso: “querida”, para luego
retomar el discurso) va modificando lentamente, haciendo que uno se
re-descubra en una nueva vida, quien es el padre, quien es la
madre, seres humanos con cosas buenas y cosas malas. Entonces uno va
aproximándose a ellos de grande, no como un bebé, con una manera nueva
dónde ya empieza a tolerar cosas, a pedir disculpas, y
empieza a razonar de otra manera, a querer, a sentir, sentir cariño,
sentir afecto por los padres. Solo no se puede hacer, se requiere de un
auxilio externo, supongo que alguien lo habrá hecho solo, pero se
requiere de un buen terapeuta que esté consustanciado con el
sentimiento, con lo que uno siente. (...) Se tiene que dar una
coyuntura: uno tiene que estar dispuesto a navegar...
El
“grado de mejoría alcanzado”, según las propias palabras del
entrevistado, podría crear la ilusión de que entonces el abordaje
interdisciplinario sería, sin más, la esperada respuesta para el
tratamiento de la esquizofrenia.
Antes
de apresurarnos con esta afirmación, por cierto tan adecuada a nuestra
época, debemos detenernos a pensar por lo menos en algunos aspectos.
En
primer lugar, no podemos considerar que porque este abordaje haya dado
buenos resultados en esta situación particular sea aplicable a todos
los pacientes esquizofrénicos. Este hombre pertenece a una familia de
un medio sociocultural alto, lo que le permitió, entre otras cosas,
acceder a los distintos tratamientos; una familia que de algún modo se
ofreció y pudo cambiar según las necesidades del integrante enfermo, es
decir, en cierto sentido la realidad no resultó ni tan “mala” ni tan
“persecutoria”,
En
segundo lugar a través de su discurso parece desprenderse que el
tratamiento psicológico (psicoanalítico) sería el que trabaja sobre “la
enfermedad propiamente dicha”, lo cual resulta altamente seductor para
los psicólogos clínicos, más hoy cuando el psicoanálisis se encuentra
cuestionado en su “eficacia”.
¿Por
último por qué pensar la multicausalidad como respuesta universal?
¿Acaso los defensores de la unicausalidad no obtuvieron logros y hasta
curas según describen con sus pacientes?
Desconocer
que tanto nuestras teorías como nuestras prácticas responden a
determinada constitución subjetiva socialmente instituida (y esto vale
tanto para los “sanos” como para los “locos”) se acercaría casi
peligrosamente a la insensatez de creer que existe una estructura
formal capaz de albergarlo todo.
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