I-PRESENTACIÓN DE LA CUESTIÓN DE GÉNERO
Diversos autores insisten en la necesidad de recurrir a distintas
disciplinas (filosofía, antropología, estudios de género, neurociencias
o literatura) que permitan ampliar el campo del conocimiento del
psicoanálisis en lo que hace al proceso de formación de la identidad
(Stoller (1998), Benjamin (1996, 1997), Fiorini, (2001). Su importancia
se acrecienta si tomamos en cuenta que ya no es posible tomar al Edipo,
o cualquier otra teoría de cualquier campo de conocimiento, como la única
capaz de explicar la complejidad de la identidad del ser humano (Dio de
Bleichmar, 2002). En especial los estudios de género han demostrado
tener una importancia fundamental, en tanto se comprueba que el mismo
es una construcción social prioritaria en la medida en que es la
manera (o una de las maneras) en que una sociedad determinada gestiona
la sexualidad de sus miembros (Lopez Mondejar, 2003).
Hay que advertir además que aún dentro de los estudios de géneros
aparecen distintas líneas de trabajo. Una tiene que ver con el
feminismo de la diferencia, (ídem: 3), relacionado a trabajos de
psicoanalistas como M. Klein (1932) y Kestenberg (1956). Otra
línea se relaciona a lo que Stoller (1998) denomina “rol de
género”. Por otro lado Benjamin (1998) desarrolla el concepto de
representación de sí mismo con género y sin género. Money indica como
la identidad de género se construye por identificación y por
complementación con el diferente (Money y Ehrhardt, 1982), mientras
Chiland (1999) estudia la relación entre género y patología. Igualmente
se indica que la identidad de género se crea al mismo tiempo que
las identificaciones tradicionalmente femeninas y masculinas (Benjamín,
1996), idea que parece relacionarse a la de un carácter bisexual
del ser humano (Freud, 1905).
II) DIFERENCIA-IGUALDAD-JERARQUIA
Desde mi punto de vista una de las grandes contribuciones de la teoría
de género es poder comprender, tal como apunta Dio de Bleichmar (ídem:
2) al criticar al androcentrismo en psicoanálisis, que la
construcción de la diferencia no debe implicar transformar la
diferencia en desigualdad:
…durante
el desarrollo la normativización de género introduce un proceso
de escisión en complementariedad que convierte a los hombres en
sujetos y a las mujeres en objetos. Polarización que rompe la tensión
necesaria entre la autoafirmación y el reconocimiento mutuo y que se
expresa de múltiples formas siendo la más conocida aquella que afecta a
la sexualidad. El hombre tiene legitimada la expresión del deseo, la
mujer debe ser objeto del mismo, lo cual obstaculiza su estructuración
intrapsíquica y sobredimensiona el plano intersubjetivo, o sea una
experiencia y goce sexual en que ella misma tenga las claves de las
modalidades y particularidades de su deseo…(Dio de Bleichmar, 2002:21).
Sin embargo, no pocas teorías de género feministas intentan hacer
justamente lo mismo que el androcentrismo patriarcal: transformar las
especificidades femeninas en un valor prioritario y más importante que
los valores masculinos, ahora denigrados. Este
“feminocentrismo”, como su complementario “androcentrismo”, parecen
compartir una “comprensión esencialista del cuerpo y de la
sexualidad humana natural como categorías independientes de las
relaciones simbólicas que las instituyen y reorganizan” (Dio de
Bleichmar, 2002:3). Este punto de vista se vuelve insubstentable, ya
que tal como apunta la misma autora se viene operando “una desmitificación
del valor atribuido a la diferencia sexual como la condición
determinante para el establecimiento del sujeto psíquico” (ídem: 4) [en negrita en el original]
Esta especie de “feminocentrismo” revela que la jerarquización
valorativa y exluyente de una diferencia, sea esta cual sea, no es
patrimonio exclusivo de los hombres, sino más bien una tentación
permanente y por momentos compulsiva de los seres humanos en general.
Desde esta perspectiva crítica cabe indagar igualmente si por detrás de
la construcción de género se podría ubicar cierta “esencia” de lo
masculino y lo femenino. En opinión de Dio de Bleichmar:
Mi
postura es que resulta imposible concebir la feminidad, la
sexualidad femenina, o las categorías de mujer, como simplemente un
reducto a ser sustraído a la colonización patriarcal para reivindicar,
por contraste, algún tipo de matriarcado u orden simbólico intrínseco
de la mujer o la madre. Frente a la premisa falsa de que el rechazo de
la autoridad paterna es la única senda de libertad, proponemos que es
la tensión y la lucha por la modificación de concepciones que, tras la
apariencia de cientificidad, constituyen mitos ideológicos de sistemas
encubiertos de dominación lo que nos coloca en el camino de un
verdadero reconocimiento mutuo entre el hombre y la mujer (Dio de Bleichmar, 2002: 23).
III) CAMBIOS EN LA SOCIEDAD ACTUAL-CAMBIOS EN LA CUESTIÓN DE GÉNERO
Desde aquí se abren algunos ejes de problematización que creo necesario
investigar y profundizar. Uno de ellos refiere especialmente a entender
cómo y de qué manera inciden las profundas transformaciones
contemporáneas de la sociedad actual en la cuestión de género. En este
sentido es necesario tener en cuenta que:
Se
han disuelto muchos referentes que daban al individuo una visión del
mundo, un contexto productor de sentido, un arraigo de la propia
existencia dentro de un cosmos más global. Factores todos ellos que
contribuyen a la protección, fortaleza y estabilidad de una identidad
interior que se ve ampliamente devastada por la pérdida de esos
vínculos afectivos y esas certezas ideológicas (López Mondejar, 2003: 3).
Algunas de estas transformaciones parecen sugerir una modificación
profunda del género concebido en términos binarios o el género como
condición de identidad, hasta el punto que cabe preguntarse si en algún
momento la construcción social de género se volverá innecesaria o
anacrónica. Es el punto de vista de algunos autores posmodernos,
como Sennet y Jessica Benjamín, citados por López Mondejar:
…En nuestra cultura postmoderna, la individualización ha elevado el valor concedido al sujeto y colocado en segundo lugar la identidad genérica,
de manera que lo importante es la identidad (“yo soy yo”), vinculada a
la competencia profesional y social (Sennet, 2002), eficacia,
productividad y competitividad y, en segundo lugar, la identidad sexual
“yo soy hombre”, “yo soy mujer”…Lo anterior nos conduce a la afirmación de que el género ha perdido valor identificatorio,
podemos decir, utilizando el símil economicista, que han bajado los
valores del yo erótico relacional, y aumentado los del yo narcisista
autoerótico. Como dice Jessica Benjamin: Narciso ha sustituido a Edipo como mito representativo de la sociedad postmoderna,
mientras Edipo representaba la responsabilidad y la culpa, Narciso
representa la preocupación por uno mismo y la negación de la realidad. El malestar actual no es el de padecer demasiada culpa, sino demasiado poca (López Mondejar, 2003: 4) [en negrita en el original].
De esta manera se indica que se va consolidando un tipo de
construcción de género que daría la impresión de que termina por
“eliminar” paradojalmente el sentido mismo del género. Algo así como el
concepto de sociedad de riesgo de Beck (1997) aplicado al género. Por construcción paradojal de género me refiero a lo que se presenta como asunción de “nuevos ideales de androginia o bisexualidad…”(López Mondejar, 2003: 25) relacionable al hecho de que:
la
tolerancia sexual facilita la práctica de conductas sexuales antes
reprimidas, por lo que la bisexualidad aparece hoy con tintes
nuevos…. En
nuestra cultura, y por lo tanto en la construcción subjetiva que se
propone a sus miembros, ha cesado en gran medida la represión de la
bisexualidad
de manera que lo bisexual, lo neutro….es hoy una apertura más del campo
de las relaciones erótico-afectivas entre los seres humanos( López Mondejar, 2003: 22-23 ).
Me gustaría discutir especialmente esta apreciación en relación a la
tendencia hacia una supuesta era bisexual o un nuevo ideal de
androginia que caracterizaría nuestra época actual. Antes que nada se
podría suponer que esta supuesta construcción de género desde la
igualdad complementaria permitiría propiciar finalmente condiciones
para el entendimiento o el diálogo franco entre los sexos. Sin
embargo la misma autora citada (López Mondejar, 2003) agrega en su trabajo datos
que no parecen augurar ninguna era de concordia y pacificación. Tal
como la misma indica se verifican cada vez más enfrentamiento de los
géneros, universalización de los ideales de la sexualidad masculina,
con coexistencia persistente de esta nueva concepción de igualdad con
las viejas situaciones de división entre los géneros (ídem).
En este sentido me parece interesante la observación (que comparto) de
que se verifica una búsqueda del amor de parte de hombres y mujeres que
sin embargo fracasa por un permanente:
enfrentamiento de los géneros ya que el igualitarismo como ideal trae consigo una lucha constante en el interior de las parejas…
Se constata una ruptura comunicacional en la relación intersubjetiva
entre el hombre y la mujer… producto del enfrentamiento entre los
sexos, hombres y mujeres no encuentran fácilmente nuevos modos de
intercambio íntimo (López Mondejar, 2003:4-5).
Es
una observación más que pertinente si se tiene en cuenta cómo se están
configurando las parejas adolescentes hoy, tal como desarrollo en otro
trabajo. Pero lo interesante es resaltar cómo la violencia en las
relaciones entre hombres y mujeres no se plantea sólo desde la
diferencia y la jerarquía, tal como indica errónea y simplificadamente Castells (2006) al responsabilizar al patriarcalismo de toda violencia familiar.
La
violencia surge también desde la experiencia de igualdad o mejor, desde
la pretensión de la anulación de la diferencia como experiencia capaz
de enriquecer y complejizar desde la tolerancia y la resolución del
conflicto. Situación de empobrecimiento del aparato psíquico que se
acompaña de un resurgir de ideologías sociales dogmáticas,
intolerancia, exclusión o indiferencia hacia el otro o lo ajeno (Klein,
2006).
Pero al mismo tiempo hay que indicar claramente que esta supuesta
“nueva” bisexualidad, andrógina o de género neutro no es nueva y por
tanto, mal puede caracterizar (al menos totalmente) las configuraciones
de género actuales. Ya desde el siglo XIX una de las primeras
manifestaciones de feminismo (ciertamente contestatario y muy valiente)
era el recurso de la androginia:
...Muchachito”,”doncel”,”bello
efebo”, eso es la mujer delgada...de pronto las calles y las ciudades
parecen inundadas de legiones de andróginos. En todo lo cual se ve que
la mujer, respecto del hombre no es otra cosa que un espejo...La imagen
que las mujeres no se atreven a evocar, la del hombre en el hogar [al
mismo tiempo]...el
hombre feminizado pueblas las imaginaciones masculinas simétricamente a
la figura del andrógino. Si George Sand entra en la Academia Francesa,
exclama Barbey d’ Aurevilly “nosotros los hombres prepararemos los
dulces y los pepinillos...”( Duby-Perrot,1991:242).
En la misma época la androginia aparece también en relación a la familia y especialmente en torno a “la
relación privilegiada que puede unir al hermano y la hermana y cuya
importancia me parece que sólo en muy raras ocasiones se ha subrayado”
( Ariès- Duby T. 8,1990: 218), así como en relación a nuevas formas de
vínculo amoroso en torno al ideal de pareja que se viene consolidando: “la
exaltación de esta relación que participa del milagro de dos seres
hechos el uno para el otro y del mito del andrógino, fue más viva
mientras el romanticismo ejerció su influjo”( idem: 219). Se trata en definitiva de la reivindicación “de
una nueva pareja más fraternal y más unida…Nueva pareja a imagen y
semejanza de la sociedad republicana [que puede] anudarse a un
entendimiento nuevo” (ídem: 249). Se trata de la concepción de la pareja desde el ideal de igualdad y la necesidad de la pasión:
Este
sentimiento implica tal afinidad espiritual que cada uno de los dos
integrantes de la pareja adquiere la certidumbre de la eternidad del
acuerdo...Una reactualización así de la antigua nostalgia de la
indivisión primitiva, de la totalidad original y mítica ,engendra la
indecisión sexual de la pareja…Y esta indiferenciación justifica el
impulso fraternal hacia lo ideal (ídem :224).
En tanto se relaciona a la idealización de la pareja como experiencia fraternal, lleva a una acentuación de la igualdad de lo masculino-femenino como tendencia a “reconstruir la unidad primordial del andrógino” (ídem: 223). De
esta manera se puede afirmar que el ideal de androginia no es nuevo,
pues convive simultánemente con el ideal heterosexual de la pareja ya
desde el siglo XVIII y XIX.
VI) PRECISIONES EN TORNO A LA SITUACION DE LA FAMILIA EN LA ACTUALIDAD Y LA TEORIA DE GENERO
Entiendo que los cambios en las configuraciones familiares no pueden
sino acarrear cambios en los roles de género, al menos tal como ellos
se entienden tradicionalmente. Este es un punto de esencial importancia
y se relaciona a los profundos cambios en los roles de los progenitores
y las formas de concebir la paternidad-maternidad y con la aparición de
nuevas (e inéditas) modalidades de configuraciones familiares.
El
modelo de “familia nuclear” se asocia a una estructura familiar con
complementariedad de roles, identidad masculina y femenina
diferenciada, importancia de ambos padres para el hogar y
responsabilidad por la educación de los hijos hasta que estos cumplen
la mayoría de edad (Negreiros e Féres-Carneiro, 2004). Junto a este modelo se constata actualmente la “consolidation
of a variety of new kin structures within many industrialized
societies—reconstituted or recombinant stepfamilies, ethnic minority
families, single-parent families, cohabiting couples” (Harper, 2003:155).
Se destacan
de esta manera complejas y rápidas transformaciones políticas,
económicas y sociales que coinciden con significativos cambios en la
vida familiar y en sus vínculos (Rizzini, 2001). Algunos de estos cambios implican que la “interaction between fathers and their children tends to decline significantly following divorce” (Harper, 2003: 177). En otras familias surge una tendencia a no asumir plenamente el rol parental-maternal, lo que he denominado “estructura
de padres agobiados” (Klein, 2006) en relación a una situación social
que modifica substancialmente la capacidad de los padres para
proporcionar cuidado y educación. En otros casos se verifica una tasa
elevada de ausencias paternas y maternas por abandono del hogar o por
ingreso al mercado laboral (Wainerman, 1996).Todas estas situaciones
sociales, económicas y culturales hace que muchas madres luego de
un divorcio, o parejas con dificultades económicas o emocionales,
vuelvan a la casa de sus padres y/o suegros, con lo que los abuelos
pasan a brindar apoyo no sólo a sus hijos, sino también a sus nietos
(Wainerman, 1996). Beck por su parte indica que en la familia actual
sus integrantes:
son
liberados de los roles de género internalizados tal y como estaban
previstos en el proyecto de construcción de la sociedad industrial para
la familia nuclear y, al mismo tiempo, se ven obligados (y esto lo
presupone y agudiza) a construirse, bajo pena de perjuicios materiales,
una existencia propia a través del mercado laboral, de la formación y
de las movilidad y, si fuera necesario, en detrimento, de las
relaciones familiares, amorosas y vecinales (Beck: 2001: 20).
Este gran abanico de cambios es fundamental, si se tiene en cuenta que
los roles de género tradicionales (madre protectora-padre proveedor,
entre otros) se articulaban a una configuración familiar precisa (la
familia nuclear “androcéntrica”) basada en un funcionamiento de
antinómicos y con predominio (por lo menos aparente) del poder
masculino. Desde nuevas configuraciones familiares que vienen
surgiendo, podría suponerse que se facilita el que:
ambos
progenitores pueden ser figuras afectivas, protectoras y modelos de
autonomía para sus hijos, la identificación a la madre no se halla tan
marcada por la complementariedad genérica y no se usa al padre para
negar la dependencia amorosa y las necesidades de apego (Dio de Bleichmar, 2002: 21).
Por el contrario, algunos autores insisten en que lo que se verifica es una extensión y “universalización de los ideales de la sexualidad masculina” (López Mondejar, 2003:5), fenómeno que coloca a la mujer como debiendo,
igualar
al hombre, superarlo en todos los niveles, también en competencia
orgásmica y disponibilidad sexual, ignorando la diferencia entre el
deseo del hombre y de la mujer, y por tanto la negociación de dicha
diferencia… las adolescentes actuales crecen bajo un imperativo a ser sexualmente activas (López Mondejar, 2003:5)
Pero, desde una afirmación de este tipo creo que se deja sin resolver
una contradicción importante: si se afirma que la competencia y la
disponibilidad sexual son rasgos masculinos (y no rasgos humanos, como
más bien creo) se está dando una “esencia” a lo masculino, eliminando
lo relativo de esos rasgos desde la teoría de género, cosa que es
inadmisible de acuerdo a lo ya visto.
Estoy de acuerdo con la observación de una sexualidad compulsiva que se
asocia a la existencia de un “imperativo” que ordena y dirige,
impidiendo la elección y la negociación. Pero, el que se indique que
las jovencitas hoy presentan una actividad sexual activa, ¿no es
igualmente caer en un prejuicio de género? En una sociedad que elimina
las franjas etárias y que fragiliza la edad como herramienta de
comienzo o fin de la niñez, la adolescencia o la adultez (Klein, 2006),
¿cómo podemos seguir pensando en términos de mayor o menor actividad
sexual como ligados a determinada edad? Digamos que las jóvenes
mantienen más relaciones sexuales y con una menor edad de comienzo.
Pero este “más” y este “menos”, ¿son en relación a una época
pasada? Si la respuesta es afirmativa no queda sino pensar que hubo un
pasado que era mejor (con un “menos” y un “más” invertidos
respectivamente), aunque algunos estudios de género insisten justamente
en lo contrario: el pasado fue peor, en tanto expresión del
“predominio” de una sociedad androcéntrica-patriarcal.
Otro punto que concierne a la supuesta extensión de la valorización de
lo masculino-patriarcal, sus insignias e ideales durante los siglos
XVIII, XIX, XX y hasta la época actual, no debería dejar de olvidar que
esas “insignias” de patriarcalismo fueron acompañados y controlados, al
mismo tiempo, por una paternidad
reformada y limitada, en tanto la misma deja de ser desde la modernidad
un simple derecho “natural” para transformarse en una obligación
“contractual” establecida por el Estado hacia la descendencia y la
sociedad (Klein, 2002).
Si bien esta modernidad ha “consentido” en una continuidad del auge del
poder androcéntrico y patriarcal, propio del feudalismo, lo ha
hecho colocando al mismo (con
a la tolerancia de la política emancipatoria de la mujer y otros
cambios sociales) frente a una “debilidad” social irreversible.
Una parte de esta debilidad es que el adulto-padre no puede ya evitar
confrontar con su hijo-adolescente. Así Giddens señala que
en la modernidad “es preciso justificar conductas y actitudes
cuando se demanda... y cuando es preciso dar razones el diferencial de
poder comienza a disolverse o alternativamente el poder empieza a
traducirse en autoridad”(Beck,1997:135). Como indica el mismo autor: “Las formas de autoridad tradicional han pasado a ser tan sólo “autoridades” entre otras...” (Giddens, 1997:246-247).
Al mismo tiempo, desde fines del siglo XVIII se consolida decisivamente
la idea de una ley que permite una sociedad de ciudadanos con
aspiración de nivelación social. Así Tocqueville (Nisbet T. 1, 1996) señala
la imposibilidad de mantener en la modernidad una figura
paterna-patriarcal incuestionable y todopoderosa por su oposición a la
corriente democrática. Esta ley redefine derechos y obligaciones en
general y tanto como lo exagere o limite el poder paterno pasa a ser
dependiente de la misma. De esta manera el poder del padre ya no es un poder omnímodo y en este sentido preciso es que hablo de “pauperización” paterna(Klein, 2002).
Mientras que “la familia es jerárquica y por tanto descansa en la desigualdad, la mantiene y la reproduce”
(Ariès-Duby,T 6:1990,65), la ley tiende a declarar un hecho
extraordinario: el establecimiento del derecho igualitario de esposos,
padres, hijos (el hecho tiene fecha y lugar preciso: la Asamblea
Nacional de Francia, el 5 de agosto de 1790 al instaurarse el tribunal de la familia y el Código civil donde se señala que:”el
padre tiene derecho a hacer encerrar a un hijo de doce años, mientras
que para meter en prisión a uno que tenga más de dieciséis años ha de
dar su autorización un comisario” (Ariès-Duby,T 6:1990, 218)
Este mensaje político, social y cultural implica que el modelo vertical
de subordinación familiar irá entrando en crisis paulatinamente. El
hijo por primera vez, está en pie de igualdad con sus padres o al menos
con derechos impensables en otra época.
Con esta limitación del poder paterno-familiar surge la concepción de
la familia como “refugio”, con aparición de padres afectuosos y
continentadores. Observo que esta familia-refugio impone metáforas
femeninas-maternas: útero-albergante, lugar de auxilio, espacio de
protección, lo que implica que junto al poder del padre se consolida el
poder de la madre. El patriarcalismo entonces no es entonces
simplemente que la mujer no tiene poder: es una división de poderes
entre el afuera (lo paterno) y el adentro de la familia (lo materno)
(Klein, 2002).
Al mismo tiempo que la familia moderna se va aglutinando de esta
manera, se impone también socialmente el consenso (también paradigma de
la limitación paterna) de la ineficacia de la familia como lugar
pedagógico de educación. En la medida en que los padres se
transforman en accesibles y afectuosos se irá generalizando la
concepción de que aquéllos van perdiendo la imprescindible capacidad
y/o severidad para encarar adecuadamente aspectos educativos. La
idea de una gestión racional y bien administrada del aprendizaje y la
enseñanza entra en colisión con padres que parecen ser ineficaces
pedagógicamente o por muy severos o muy indulgentes. Es el momento en
que la educación se institucionaliza y con ella, según P. Ariès, “una conciencia de la vida que ya no implica el respeto de las antiguas solidaridades y que pretende valorar al individuo” (Ariès-Duby, T 5:1990, 324-325).
Simultáneamente
creo que es necesario incluir en el debate el hecho de que si el poder
paterno medioeval hace que los rasgos de lo masculino sean
viriles e identificados con la fuerza (el “espaldarazo”, por ejemplo),
la brutalidad, o la agresividad (Ariès-Duby, T 2:1990) las figuras
sociales que se van imponiendo con la modernidad y la familia nuclear
(Burin-Meler, 1998) denotan cierta feminización de las
sociedades, por lo que hay una especie de intercambio de valores
de género entre hombres y mujeres. Se va imponiendo una descripción y
una explicación del ser humano desde valores tenidos como femeninos:
crisis, duelo, dolor, desorientación, dependencia-independencia, que
denotan una descripción nueva de la subjetividad utilizando imágenes
(tradicionales) de lo femenino. Su ejemplo más claro es el de lo
adolescente (Klein, 2002). Así, si el hombre se vuelve más
sentimental, más tierno, más débil (Ariès-Duby,T9:1990) es porque
antiguas certezas masculinas sobre la identidad se ven debilitadas.
Entre esas certezas en crisis señalaría los valores de la fuerza, lo
racional y el control. El descontrol y la irracionalidad van pasando de
ser formas tradicionales de descripción de lo femenino a ser
experiencias válidas de lo humano.
IV) CONCLUSIONES
Desde
el análisis que he emprendido, que toma en cuenta elementos de la
historia social de las mentalidades, el psicoanálisis, el género y la
teoría social, espero haber señalado que ni hay ni hubo predominio
exclusivo de lo masculino ni de lo paterno desde la modernidad estatal,
al menos no en la forma brutal y asfixiante en cómo aquél prevaleció
durante la Edad Media. Sin duda, el patriarcalismo generó y genera
sufrimiento y violencia, pero no se trata de una estructura neta o
solamente masculina, sino de una estructura que desde su configuración
rígida y tiránica afectó y afecta por igual a hombres y mujeres. Aún
desde su época de mayor auge, el patriarcalismo moderno fue una
estructura compleja de división y contención de poderes y de autoridad
entre hombres-mujeres y el Estado y la ley.
Hay que tener en cuenta además que el patriarcalismo no sólo la
dominación de la mujer por el hombre sino –igualmente- la del hombre
por el hombre. ¿Cuántos hombres adultos dependían en diversos aspectos
de su padre, al que debían seguir en sus dictámenes y órdenes hasta que
éste muriera? Y por otro lado, estudios como los de Nancy Chodorow,
(apud Castells, 2006), sugieren algo que se debería pensar atentamente:
eran o son las mujeres las principales reproductoras del patriarcalismo.
Se
trata en definitiva de comprender que los ciclos históricos, sociales y
culturales son complejos y no se pueden hacer depender de un sólo
factor. El siglo XIX no es única y exclusivamente el siglo del
patriarcalismo machista, como seguramente este comienzo de siglo XIX
tampoco es o será el siglo de la bisexualidad neutra…
Lo que podemos ir entendiendo es que en la estructura social actual
probablemente el sujeto esté hoy más a merced de sí mismo (Castel,
1997), o en un encuentro con el otro que remite a situaciones inéditas.
Sólo que es un exceso de lo inédito, contrapuesto a un inédito
estructurante que siempre suponía implícitamente, un marco de no-cambio
que acompañaba y apuntalaba el cambio. Hoy el marco es tan cambio como
el cambio mismo (Klein, 2006).
La cuestión de género se revela como parte central de este inédito de
nuestra sociedad contemporánea. Quizás a este exceso de lo inédito se
refiera la siguiente observación:
En
la actualidad nos encontramos cada vez más con personas que modifican
su elección de objeto amoroso de hetero a homosexual, en años avanzados
de su vida. Se da sobre todo en mujeres, tenemos menos constancia
de su incidencia entre los hombres(…)sentirse un hombre o una mujer
–identidad de género- no tiene que ver con desear a hombres o mujeres
–identidad sexual ( López Mondejar, 2003: 18).
Creo que es importante volver a destacar que si la cuestión de género
se planea desde determinado modelo familiar, o la familia nuclear más
precisamente, se hace imprescindible repensar qué sucede, como ya
indique, cuando pasamos a otro tipo de configuraciones familiares.
Familias recombinadas, con jefatura uniparental, con jefatura de
abuelo/abuela (Barros, 1987) o –como he encontrado en la clínica-
familias constituidas por hermanos exclusivamente, ¿qué tipo o tipos de
imágenes o roles o expectativas de género transmiten y /o imponen? Más
aún: si pensamos en un supuesto fin del patriarcado, o en una situación
social de mayor flexibilidad, donde los papeles femeninos y masculinos
no son ya tan rígidos, demarcados o precisos, ¿podemos seguir
teorizando sobre identidad de género tal como se hacía 30 o 40 años
atrás?
Si entendemos que las expectativas de género en roles diferenciados y
antagónicos se asocia tradicionalmente a la familia nuclear, su pasaje
a otras modalidades familiares podría implicar quizás el pasaje de una construcción de género hegemónico y contrastante a otro ambiguo-complementario.
Probablemente se trata de una nueva versión de los sistemas de vida
(Giddens, 1997) que admiten y requieren del riesgo y la oportunidad
como forma de construcción de identidad. Pero, desde mi punto de
vista esto ambiguo que se comienza a gestar no lleva necesariamente a
la experiencia andrógina, sino que revela el pasaje de una concepción
binaria del género a otra más abierta e impredecible. Señalar que esto
impredecible es “neutro” o andrógino” es tratar de comprender algo, que
hoy por hoy, creo que es todavía impensable y menos aún, impredecible.
La figura del andrógino es siempre fascinante por su referencia a la
autocompletud narcisista donde el sujeto se puede valer (o al menos así
lo cree) de sí mismo sin necesidad de un otro. Aunque este género
ambiguo parezca tender a una redefinición de roles de género en torno a
lo semejante y lo tolerante, centralizar lo andrógino como identidad de
género es ignorar que el género responde a la diferencia y que en la
constitución de la subjetividad no se puede renunciar a la incompletud,
fuente de complejidad para la mente humana.
Por otro lado, reitero la siguiente pregunta: ¿es posible vislumbrar
una forma de construcción de identidad fuera del género? La respuesta
no es fácil, pero ciertamente dependerá de cómo se entienda la teoría
de género. Ciertamente no es lo mismo entender al género como una
estructura social artificial y generadora de violencia, - como se
acostumbra a vislumbrarla negativamente-, o como una estructura que
permite amparo y construcción de identidad. Existe tal vez otra opción
en relación al estudio del género como articulada al campo psico-social
de las figuras de mediación (Kaës, 1993), en tanto nudo de articulación entre campos heterogéneos (lo social y lo subjetivo). Desde aquí se abre una perspectiva de trabajo e investigación tan ardua como apasionante, discusión que me es imposible profundizar en este sitio.
Sea como sea, parece difícil seguir vislumbrando al género sólo como un
proceso de construcción de una identidad propia o como un simple
producto identificatorio con los roles paternos-maternos. Implica
también una forma de relación con y desde el otro, en tanto establece
un vínculo que genera características y formas de presentación posible
ante un otro y del otro hacia uno. Desde
el psicoanálisis Green (1996) indica cómo en la construcción del
propio sexo interviene la idea que uno se hace del sexo del otro.
Así, diría que desde el género propio se genera una relación hacia el
género del otro, del cual proviene, a su vez, una forma de
relacionamiento con el propio género. En este sentido el género sería
una forma de indagatoria que inaugura, recoge y transforma
socialmente el complejo circuito de los intercambios libidinales
entre el hombre y la mujer o entre los seres humanos en general.
Agregaría por último que si el género se construye, y no es innato ni
propio de factores biológicos, su comprensión no se podrá alcanzar si
no se hace un esfuerzo interdisciplinario que tome en cuenta datos y
referencias desde la historia social, la literatura, la subjetividad y
la teoría social, entre otros insumos que se vuelven cada vez más
imprescindibles.-
Bibliografía
Ariès,PH.-Duby,G. ( Org.) (1990) Historia de la vida privada, vol. II: La alta Edad Media. Taurus: Buenos Aires.
Ariès,PH.-Duby,G. ( Org.) (1990) La comunidad, el Estado y la familia. In: Historia de la vida privada, vol. VI. Taurus: Buenos Aires.