/PSICOANÁLISIS/
Metapsicología de un drama clínico: el comienzo que insiste en el final de análisis
Dra. Sonia Abadi
La
metapsicología ha sido desde siempre interpelada por la clínica. Hoy
más aún, a partir de los nuevos enfoques teóricos y complejos desafíos
clínicos.
En
la encrucijada entre las patologías actuales, la profundización de la
obra de Freud y los desarrollos de los autores post freudianos, los
analistas podemos preguntarnos dónde estamos ubicados respecto de
ciertos postulados teóricos y si las mismas articulaciones siguen
vigentes para nosotros con la convicción con que fueron planteadas por
Freud. A su vez repensar su coherencia con los hallazgos clínicos.
Entre
la metapsicología y la psicopatología, es la técnica la que se verá
finalmente interrogada. Zona de conflicto e intersección, tendrá que
ofrecer alternativas para una cura posible.
Quiero
referirme a los conceptos de pulsión de muerte y masoquismo primario
desde la metapsicología, trauma y narcisismo en su expresión clínica,
el final de análisis y algunas cuestiones técnicas.
Es
posible que hoy en día ya no sepamos con tanta seguridad qué es
la pulsión de muerte, y que aún no estemos muy seguros de cómo es un
final de análisis. De lo que no nos cabe duda es de la vigencia del
masoquismo en cualquiera de sus formas, tal como lo vemos en la clínica
y en la vida cotidiana, la nuestra inclusive.
La
pulsión de muerte se le impone a Freud desde dos
imperativos diferentes: la preocupación por explicar ciertos hallazgos
clínicos y la necesidad de coherencia dentro de la teoría
metapsicológica.
En
el campo de la clínica el concepto de pulsión de muerte fue esgrimido
para explicar la compulsión de repetición más allá del principio del
placer, las conductas autodestructivas y el masoquismo moral.
En
el de la metapsicología por la exigencia dualista de la teoría que, al
unificar en el narcisismo las pulsiones sexuales y las del yo, urgió a
crearle un opuesto.
Por
otra parte pareciera que Freud, al postular un narcisismo primario con
toda la libido en el yo, precisó también de un masoquismo primario como
la cara oscura del narcisismo.
Sigue
siendo polémico el planteo acerca de este masoquismo primario,
tributario de la pulsión de muerte, previo a la etapa en que la
agresión se dirige hacia el objeto exterior, anterior al sadismo
primitivo.Anterior también a ese masoquismo que aparecerá como
secundario al sadismo del superyó: el masoquismo moral. Pero además,
ligado a la compulsión de repetición y complicando el final del
análisis.
Sin
embargo, ante el apremio de la realidad clínica resulta desafiante
explorar algunas vertientes que han sido retomadas en autores
contemporáneos.
Y
aquí aparecen dos líneas fuertes. Por una parte la actualización del
masoquismo primario en el masoquismo moral y la articulación de éste
con el narcisismo. (Green). Por la otra la evidente conexión entre la
compulsión de repetición y la violencia de origen externo, el
trauma.(Winnicott)
El punto de vista de algunos autores postfreudianos
Ya
Ferenczi sostenía que en pacientes con menor integración y fortaleza
yoicas, se debía tener más en cuenta la actualización de la experiencia
traumática que los recuerdos reprimidos. Su hipótesis era que la
reactivación de los traumas infantiles en la situación analítica
permanecía incurable, si el analista no era capaz de modificar su
actitud contratransferencial al activarse la compulsión de
repetición. Pero, afirmaba Ferenczi, así como en la historia infantil
los adultos no habían podido hacerse cargo de su responsabilidad en el
dolor causado al niño, el analista insensible, escudado en la regla de
abstinencia, se desentendía de su participación en el dolor actual del
paciente, repitiendo la historia temprana e impidiendo la elaboración
del trauma.
Melanie
Klein abre otra dimensión a la comprensión de la fusión pulsional
y la integración del yo y los objetos. Plantea un quantum
constitucional de pulsión de muerte en cada individuo que atentaría
contra la consecución de la posición depresiva, dando como resultado la
persistencia de la ambivalencia y la defusión de la pulsión de muerte,
que operaría así en forma autónoma.
Por
su parte Winnicott niega la necesidad de postular una pulsión de
muerte. Para él, el factor traumático es esencial y está representado
por el fracaso del entorno temprano, que desencadena las angustias
inconcebibles y la amenaza de desintegración. El trauma queda fuera de
la posibilidad de ligazón y elaboración, sin acceso al recuerdo ni a la
palabra, en un tiempo en que el yo es demasiado inmaduro para acoger en
sí el fenómeno traumático.
En
una perspectiva original Winnicott sostiene que el trauma originario no
sólo aparece en forma de repetición, sino también como amenaza
proyectada en el futuro. Afirma que sólo a través del sostén yoico
brindado por el analista (y no por efecto de las interpretaciones), la
experiencia puede ser revivida, significada y así transformada en
pasado.
André
Green, integrador de varios esquemas referenciales, se apoya en
los desarrollos de Bion, Lacan y Winnicott para postular un
narcisismo negativo como aspiración del yo hacia el proceso
desobjetalizante y no sólo hacia la desinvestidura del objeto.
Articula
la pulsión de muerte, el masoquismo primario y la compulsión de
repetición, y nos muestra al masoquismo moral como heredero del
masoquismo originario.
Algunos interrogantes
Ya
Freud en “Análisis terminable e interminable” se refirió al pronóstico
del tratamiento en relación al juego de fuerzas entre tres ejes: las
alteraciones del yo, el quantum pulsional, el origen traumático de la
enfermedad.
Hemos
visto que desde las distintas teorías se pone el énfasis en la
capacidad de representar y simbolizar, o la fragilidad de la estructura
del yo. Por otra parte, cada autor le dará un peso diferente al
comportamiento del objeto real externo.
Conocemos
de qué modo diferentes autores atribuyen al objeto primario funciones
estructurantes: el holding en Winnicott, la capacidad de rêverie en
Bion, la violencia primaria en Piera Aulagnier, para nombrar sólo
algunos modelos teóricos.
Uno
de los interrogantes es en qué medida y de qué modo el papel del objeto
primario operaría en la posibilidad de adquisición o preservación de lo
que Green llamó función objetalizante.
En
otras palabras, qué elementos operan en la estructuración del psiquismo
en términos de favorecer un funcionamiento regido por Eros y
promoviendo los mecanismos de simbolización, y qué otros
orientarían al psiquismo hacia los procesos negativos regidos por
Tánatos.
Si
tomamos esta vertiente, el masoquismo primario y la compulsión de
repetición serían la marca de traumas tempranos. Esta es la línea de
Ferenczi y Winnicott, y de muchos pensadores psicoanalíticos actuales,
que la asumen cuando explican los fenómenos clínicos, adhiriendo a un
origen traumático de la compulsión de repetición.
La otra alternativa es la que considera un masoquismo primario de origen endógeno y tributario de la pulsión de muerte.
Dialogando
con los colegas que han reflexionado sobre estos temas, gran parte de
ellos integradores de varios esquemas referenciales, aparecen marcadas
coincidencias en la perspectiva clínica. Particularmente, y más allá de
sus referentes teóricos, una toma de posición clínica a favor de la
teoría traumática en el origen del masoquismo primario y la compulsión
de repetición. Si, instauración del superyó mediante, se instala
el masoquismo moral, con el sentimiento inconsciente de culpa y la
necesidad de castigo, pareciera que la noción de pulsión de muerte
quedara vacía de gran parte de sus contenidos.
¿Queda
la pulsión de muerte sólo como un referente constitucional, inabordable
e imposible de evaluar, es decir fuera del análisis? ¿O se le deben
adjudicar otras características o funciones más allá del masoquismo y
la compulsión de repetición?
En
un intento de acercarme a la dimensión humana de esta problemática, es
decir al sufrimiento de nuestros pacientes, quisiera desarrollar
algunos aspectos relacionados con la clínica del masoquismo y las
dificultades para acceder al final de análisis.
Masoquismo moral y narcisismo: la figura del sacrificio
En
la encrucijada entre la reactivación del masoquismo primario y el
sadismo del superyó aparece el masoquismo moral, revestido,
sostenido y legitimado por el narcisismo.
Este
fenómeno, que puede responder a un cuadro clínico estructurado o
activarse en determinados momentos del análisis, se caracteriza por la
vivencia de orgullo originada en la capacidad de renuncia a la
satisfacción instintiva, y la tolerancia al sufrimiento. En estos
pacientes aparece, en forma manifiesta o encubierta, la idealización de
la vocación de sacrificio, el estoicismo como baluarte, la resistencia
desmesurada al dolor tanto psíquico como físico, la devoción
incondicional como valor supremo, el sometimiento sin matices a ideales
exigentes y crueles.
El
beneficio es evidentemente la sensación de superioridad moral que se
obtiene por la capacidad de soportar el sadismo del objeto. La
arrogancia y la omnipotencia son con frecuencia los acompañantes de
esta posición, en la que el paciente se lamenta de la carga de
responsabilidad no compartida y demanda comprensión y consuelo, pero no
acepta la ayuda, situación que se manifiesta también con el analista,
resistiéndose así a mejorar, a abandonar su sufrimiento sostenido como
un trofeo.
Aquí
se hace evidente la funcionalidad defensiva del narcisismo hipertrófico
que denuncia la magnitud del trauma que intenta negar.
Narcisismo exacerbado que puede ser pensado como el absurdo intento de protegerse contra lo que ya sucedió.
Quizá
la necesidad de sostener estas posiciones sea la que hace que un
análisis sea interminable. Interminable como el trauma que le dio
origen, lecho de rocas investido narcisísticamente y transformado en
fortaleza.
Pareciera
que esta coalición masoquismo-narcisismo sustentada desde la
reactivación del masoquismo primario y alimentada por el riesgo
del sometimiento transferencial, fuera la mayor resistencia al
análisis.
Aquí
el masoqismo, más que por el sentimiento de culpa y la necesidad de
castigo, estaría sostenido por la necesidad de sufrimiento y el
sentimiento de superioridad.
Si
el repliegue narcisista se opone a la posibilidad de desarrollar una
transferencia en la cura analítica es porque dejarse curar implica
aceptar la dependencia, otorgar la confianza. Curarse es también
renunciar al reclamo de justicia, de algún modo dar la cuenta por
saldada.
La
autosuficiencia es la manera en que estos pacientes han decidido
curarse a sí mismos en un cruzada heroica de apropiarse de lo
inevitable: el sufrimiento. Hacer - se activamente lo sufrido
pasivamente es un modo de hacer de la necesidad, virtud.
El lecho traumático, la roca narcisista
“La
perla es el monumento al dolor de la ostra”, dijo algún poeta. ¿Cuál
dolor? el trauma, el grano de arena, la intrusión de un cuerpo extraño
en su propia carne, que la lleva a segregar esa capa protectora que al
cristalizarse se transformará en coraza defensiva, a veces de singular
belleza y valor.
Sufrimiento
y monumento forman así una estructura inexpugnable que se resiste ante
la amenaza de curación, buscando preservar la única huella de lo
irrepresentable, el único testimonio de lo traumático, escondido
en su mausoleo.¿Qué puede hacer el análisis para desarticular la
defensa narcisista y acceder a lo traumático encontrando nuevas formas
de tramitarlo?
Aquí
se juega la batalla que lleva directamente al lecho de rocas freudiano,
el deseo del pene en la mujer y la no aceptación de la posición pasiva
en el hombre.
Ella
reclama la parte que le adeudan. El se niega a dejarse hacer, a
entregarse. Sin embargo, en la clínica encontraremos ambos aspectos en
cada uno. También hay hombres que reclaman la parte que les falta y
mujeres que no se dejan.
En
ambos casos es fácil vislumbrar el estigma narcisita, la negativa a
precisar del otro. Green dirá que tanto el varón como la mujer rechazan
lo femenino, porque representa a la madre y el riesgo de su función
pasivizante. Winnicott mostrará la necesidad de negar la extrema
dependencia con el objeto primario.
¿A
qué se resiste el narcisismo? Al amor de objeto, a colocar la libido en
una inversión de riesgo, a asumir la deuda de gratitud que dejó la
dependencia temprana y contraer una nueva deuda en la transferencia. De
allí la necesidad de hacer fracasar al otro en su función terapéutica.
En
el final de análisis resurge con insistencia el trauma no analizado a
causa de las resistencias del narcisismo, pero también debido a
las limitaciones del analista y las del análisis mismo.
Pero
acaso, ¿se puede elaborar el trauma sólo a través de interpretaciones,
como se hace con lo reprimido? Entonces en el final de análisis, el
lecho de rocas: trauma, masoquismo primario, compulsión de repetición.
El narcisismo y su formas de resistencia, el rechazo de la dependencia
y las relaciones objetales, la transferencia resistencial. Del lado del
analista: el reconocimiento del trauma, la empatía, el trabajo con el
encuadre.
Quizá
se requiera de otro tipo de trabajo sobre la escisión y los mecanismos
de defensa primitivos, una revisión sobre las características del
encuadre y la regresión, otros modos de trabajar la transferencia
y la contratransferencia. También asumir que las defensas y
resistencias narcisistas, más allá de su aparente inviolabilidad,
deben ser objeto privilegiado de análisis ya que no sólo afectan la
posibilidad de concluir un tratamiento, sino que tienden a desmoronarse
en forma espontánea llevando al deterioro de la personalidad.
Y
sin embargo, paradójicamente, habrá que tener en cuenta que cada sujeto
precisa preservar esa creación personal defensiva que es parte esencial
de sí mismo y en la que está en juego la propia vivencia de ser único.
Quizá la paradoja pueda ser pensada no en términos de contenidos
patológicos sino de la investidura libidinal o tanática que los
sostiene.
Como dice Christian Bobin en un bellísimo texto:
“Creo
que un artista es alguien que (como consecuencia de traumas tempranos),
tiene su cuerpo y su alma divididos, e intenta rellenar ese espacio
echándole pintura, tinta, o hasta silencios. En ese sentido somos todos
artistas, ejerciendo el mismo arte de vivir con más o menos talento. O
para ser más preciso debiera decir: con más o menos amor.”
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