/AUTISMO
¿Qué es el autismo infantil?
Velleda Cecchi
Quienes
dedicamos nuestra vida profesional al estudio y profundización del
saber sobre esta patología nos encontramos con frecuencia teniendo que
definir y re-definir, una y otra vez, de qué se trata el autismo, tarea
ardua y bastante infructuosa por lo general. Bienvenidas sean las
discusiones, los disensos, el relato de distintas experiencias si
favorecen y fortalecen el desarrollo científico; las consideramos
imprescindibles para que este tema sea trabajado con la minuciosidad y
seriedad que merece. Única manera de posibilitar, entre idas y vueltas,
construir y de-construir, lograr el intento de esclarecimiento.
Esclarecimiento que siempre será parcial, limitado, cuyas hipótesis
invitarán a reformular otras; así es la historia del saber científico, filosófico y también del saber psicoanalítico.
En
este caso particular del autismo, lo que ocurre es que chocamos con
barreras, pero no con las de nuestros pacientes, sino con las barreras
de profesionales de la salud, manifestadas a través del rechazo a
intercambiar ideas, algunos por desinterés en el tema, pero que no se
privan de opinar cuando son interpelados, o, la gran mayoría, por no
tener suficiente experiencia clínica con esta patología. En otros casos
nos encontramos con posturas ideológicas que no pocas veces responden a
intereses non sanctos (intereses económicos de empresas
farmacéuticas, por ejemplo). En fin, las motivaciones son variadas.
Esta postura que fomenta el no-intercambio refuerza la tendencia a
considerarlo de origen orgánico y, por lo tanto, a medicalizar y a
utilizar el condicionamiento pavloviano, como tratamiento.
Existe
una tendencia, no menos grave que las anteriores, a encontrar autismo
donde no lo hay, como si hubiesen desaparecido todas las entidades
psicopatológicas discernibles hasta hoy en día. Estos errores
diagnósticos tienen graves consecuencias para el niño, ya que el
autismo es considerado en el ambiente médico y en el entorno
familiar-social como lo que es, una enfermedad grave.
En
1967 L. Kanner dijo: “[…] se ha convertido en una costumbre extender el
concepto inicial de autismo infantil, diagnosticando uno u otro de los
síntomas aislados que componen el síndrome completo. Casi de un día a
otro pareció que los Estados Unidos se poblaban de una multitud de
niños autistas […] y también […] en el extranjero y añadiría que
todavía dura”.
Ya en 1953, Van Krevelin (quien había descripto
este síndrome un año antes, en Holanda), “se mostró irritado por la
utilización desordenada del término de autismo infantil, como un
eslogan aplicado sin discernimiento y con cierta desenvoltura, frente a
los criterios que había descripto […] nos puso en guardia contra cierta
tendencia a abusar del diagnóstico de autismo, declarando que
amenazaba convertirse en una ‘moda’” (Régis de Villard, 1984).
La
amenaza se convirtió en realidad desde hace ya muchos años, y
actualmente los diagnósticos de autismo proliferan tanto como los
hongos después de la lluvia. ¿Estar a la moda dará status científico? ¿Se supondrá que injertar un diagnóstico de autismo, implica per se un plus de saber y de habilidad terapéutica? ¿Y entonces los trabajos serán más elogiados?
Régis
de Villard agrega: “[…] aquellos que tienen tendencia a adoptar clichés
diagnósticos encontraron, luego de los años 60, otra etiqueta más
cómoda […]: ‘niño afectado por una lesión cerebral’, para reemplazar la
multitud de niños pretendidamente autistas […]”. Casi cincuenta años
después podemos suscribir ambas afirmaciones; los diagnósticos de
disfunción cerebral mínima (DCM), hoy caída en desuso, fueron
reemplazados con rapidez por los de ADD. ADDH. No importa si miles de
niños medicados ya presentan graves consecuencias psicofísicas y que no
se los haya convocado como personas de pleno derecho a expresar sus
sentimientos y dolores, ni se haya tomado en cuenta su lugar en la
familia ni la patología del resto de sus integrantes. Tanto los
diagnósticos de autismo como los de lesión cerebral, para estar a la
moda, no son errores sino iatrogenia.
Como
consecuencia de esta irresponsabilidad diagnóstica en cuanto al
autismo, este adquiere de nuevo la cualidad de inentendible,
inaccesible. Se configura una siniestra espiral tautológica.
En
el año 2005 escribí: “[…] en la actualidad hay una fuerte tendencia a
considerar el autismo como orgánico. Hace ya casi 25-30 años o más, nos
vemos enfrentados con un interesante fenómeno. Desde los lugares
decisivos de transmisión del pensamiento psiquiátrico, siguiendo las
pautas de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría, se están dejando
de lado cada vez más los conceptos dinámicos para volver a los
postulados de la psiquiatría prefreudiana. Si bien no se habla de
‘degeneración’, sí se habla de ‘genético’, ‘metabólico’, etc.
Observamos con preocupación un borramiento de la íntima relación que
existe entre lo biológico, lo psicológico y lo social. Basta ver el
DSM-III y el DSM-IV para observar que desapareció la nosografía
habitual, diluida en entidades vagas, y que a todas se les adjudica
etiología orgánica demostrable o no. El resultado es que se apela
siempre a la medicación. No es el cambio de rótulo lo preocupante, sino
el corrimiento total de lo psicológico. Con el autismo sucede lo mismo,
con más virulencia aún”.
Hoy seguimos transitando por los mismos carriles.
La
enfermedad mental entró tardíamente a formar parte de las ciencias
médicas; estas legitimaban solo las patologías de los órganos. En la
Edad Media, las personas con dolor psíquico eran consideradas
“hechizadas”, “poseídas por el demonio”, que debía serle “extraído” ya
sabemos cómo. En el Renacimiento surge la concepción del libre
albedrío; esta noción permitió incluir las enfermedades del espíritu
dentro del hecho médico.
Freud
realiza un cambio revolucionario que consiste en demostrar que los
enfermos mentales, no ya considerados “hechizados” pero sí
“degenerados”, no solo no lo eran, sino que eran inteligentes y que los
síntomas eran creaciones propias, una actividad del inconsciente, y
tiene la osadía de construir su teoría del aparato psíquico normal a
partir de las expresiones de los enfermos.
¿Y qué sucedía con los niños? Pues eran seres a educar.
Con
Freud, los niños dejan de ser ángeles asexuados y habitar en el mundo
de la inocencia y se convierten en perversos polimorfos, ya no solo
educables, sino pasibles de sufrimiento mental y tratables por el
método psicoanalítico.
En el movimiento psicoanalítico, la
teoría kleiniana del desarrollo infantil temprano le permitió a su
autora profundizar en el estudio y tratamiento de las psicosis
infantiles. Oponiéndose a lo sostenido por la mayoría de los
psiquiatras de la época, de que la demencia precoz no existe en la
primera infancia, Melanie Klein afirma: “He llegado al convencimiento
de que la esquizofrenia infantil es mucho más común que lo que
generalmente se admite”; agrega: “Rasgos característicos de esta
enfermedad son menos llamativos en un niño porque en menor grado son
naturales en el desarrollo de niños normales […]”. Klein resalta la
importancia de la detección de los síntomas de psicosis en los niños.
Síntomas que, al ser en la mayoría de los casos egosintónicos con el
funcionamiento familiar, pueden pasar desapercibidos; también es
preciso discriminar y evaluar el sentido de conductas aparentemente
extrañas que forman parte del momento evolutivo. Tanto riesgo entraña
no detectar una enfermedad grave como dar por grave lo que es solo un
síntoma pasajero, una manifestación de transtornos circunstanciales en
la familia o una neurosis.
En
1930 escribe el caso Dick: “[…] un niño de 4 años que estaba […] al
nivel de un niño de 15 o 18 meses. Faltaban […] la adaptación a la
realidad y relaciones emocionales […] carecía de afecto y era
indiferente […] rara vez había manifestado angustia […] en un grado
anormalmente reducido […] no tenía casi intereses, no jugaba y no tenía
contacto con su medio […] articulaba sonidos ininteligibles y repetía
constantemente ciertos ruidos. Cuando hablaba, utilizaba
incorrectamente su escaso vocabulario […] no se advertía afecto ni
comprensión alguna […] cuando se lastimaba, demostraba gran
insensibilidad al dolor. Su torpeza física era muy notable. No era
capaz de asir cuchillos ni tijeras […]”. “[…] en el consultorio corrió
de un lado a otro sin ningún propósito, y correteó varias veces a mi
alrededor como si yo fuese un mueble más, no mostró ningún interés por
los objetos del cuarto. La expresión de sus ojos y su rostro era fija,
ausente y falta de interés” […] “el comportamiento de Dick carecía de
sentido y propósito, y no tenía relación con ningún afecto o angustia”.
[…] “la alimentación había sido anormalmente difícil […] no había
manifestado deseos de mamar […] se negaba a tomar el biberón, luego los
alimentos más sólidos, se negaba a morderlos y rechazaba todo lo que no
tuviese la consistencia de una papilla […]”. […] “si estuviéramos en
condiciones de hacer observaciones más penetrantes, encontraríamos
muchos más casos similares”. Klein considera que este paciente no es un
esquizofrénico […] “porque el rasgo fundamental […] era una inhibición
del desarrollo, mientras que en la mayoría de estos casos se trata de
una regresión”. […] el concepto de esquizofrenia en particular y
de psicosis en general, tales como se presentan en la infancia, debe
ser ampliado y creo que una de las tareas fundamentales del
psicoanálisis de niños consiste en descubrir y curar las psicosis
infantiles, establecer diagnósticos diferenciales más exactos entre las
distintas enfermedades”.
Esta autora a la que se le imputa no considerar la realidad externa informa que: “Dick
creció en un ambiente sumamente pobre de amor; la actitud de la madre
hacia él había sido, desde el principio, de excesiva angustia. Al
finalizar el primer año se le ocurrió pensar que su hijo era anormal, y un sentimiento de este tipo puede haber afectado su actitud hacia él”. “Su lactancia había sido excepcionalmente insatisfactoria porque durante varias semanas la madre había insistido en una infructuosa tentativa de amamantarlo, y el
niño había estado a punto de morir de inanición. Padeció de trastornos
digestivos, prolapso anal, y, más tarde, de hemorroides. Posiblemente
su desarrollo quedó afectado por el hecho de que, aunque recibió toda
clase de cuidados, nunca se le prodigó verdadero amor […]”.
Klein le otorga intencionalidad a las actitudes del niño. “Cuando
hablaba, utilizaba incorrectamente su escaso vocabulario. Pero no solo
era incapaz de hacerse inteligible; tampoco lo deseaba. Más aun,
la madre advertía a veces claramente en Dick una actitud fuertemente
negativa, que se expresaba en que con frecuencia hacía precisamente lo
contrario de lo que se esperaba de él” (la bastardilla es mía).
La
descripción de este paciente es la del autismo infantil temprano, tal
como lo haría 13 años más tarde L. Kanner. Es el primer paciente
autista tratado y curado por el método psicoanalítico. Klein no
modifica su teoría, solo hace un mínimo cambio en la técnica. Paso a
enumerar los puntos relevantes de este relato: · La descripción del cuadro se ajusta a la de los analistas que continuaron el estudio del autismo. ·
Hace referencia a la intencionalidad de los síntomas del paciente y la
presencia de deseos, lo que hace del autista un ser con aparato
psíquico y conflictos que determinan el uso de mecanismos defensivos. · Por lo tanto, lo incluye dentro de las psicosis. · La intensidad del sadismo, el sentimiento de agresividad y deseos destructivos contra el objeto, que lo convierten en temible. · La realidad de la falta de amor de la madre y del medio, y los efectos deletéreos que provocan en el niño.
Kanner
(1943) deslindó el cuadro al que llamó “autismo infantil precoz”, de la
esquizofrenia infantil y lo diferenció también de la deficiencia
mental. Los síntomas que describe son: · El retraimiento:
aislamiento, indiferencia total, desinterés completo por el mundo y las
personas, no miran a los ojos, mirada vacía e imposible de atraer, no
soportan el contacto, permanecen solos. Los objetos y juguetes no son
usados normalmente, sino que los hacen rodar, o los chupan. · La necesidad de inmutabilidad: de los objetos, de los lugares y de las personas. · Estereotipias: gestuales, movimientos con las manos ante los ojos o a los costados, aleteos con los brazos, gestos de teclear, golpear; rocking. · Alteraciones del lenguaje:
el retraso del lenguaje es constante, farfulleo, jerga, ausencia total,
si existe es estereotipado, ecolalia, no tiene valor comunicacional, no
utiliza el yo.
Transcribe
una entrevista con un autista, donde el niño tiene las mismas conductas
que Dick. Paul, de 5 años: “[…] no establecía lazo afectivo alguno con
la gente. Se comportaba como si esta le fuera indiferente o incluso no
existiera. No le importaba que se le hablara en tono amistoso o de
reto. Nunca miraba la cara. Si llegaba a tener alguna relación con
personas, las trataba (a partes de ellas, más bien) como si fueran
objetos”.
Continua
diciendo: “Cada uno de los niños, después que entraron todos en el
consultorio buscó enseguida ladrillos de construcción, juguetes u otros
objetos, sin prestar la menor atención a las personas presentes. Sería erróneo decir que no tomaba nota de la presencia de personas.
Pero la gente, tan pronto como dejaba solos a los niños, hacía el mismo
papel que el escritorio, la biblioteca o el armario. Las idas y
venidas, aunque fueran de la madre, parecían no contar” (la
bastardilla es mía). Kanner observa intencionalidad en las conductas de
estos niños, y que la indiferencia es aparente. Desde el punto de vista
familiar, afirma que son padres profesionales exigentes, exitosos, muy
inteligentes, dedicados a su trabajo. ¿No habría lugar para el hijo? En
cuanto a la figura de la madre, la describe: fría, intelectual,
“heladera”. A pesar de estas características mencionadas y de decir que
se trata de niños con una inteligencia poco común, considera que
el autismo es de etiología innata.
Existe
un hiato entre lo observable clínicamente y lo expresado por el
profesional, en cuanto a la aparente indiferencia, que indica la
existencia de un ser con un aparato psíquico activo, con una
intencionalidad, con una conducta evitativa, podemos suponer con deseo
de no ser contactado, y por otra parte el adjudicarle una etiología
innata al cuadro; a pesar de todo, esto se repite con muchos de los
terapeutas que se dedican al autismo.
Creo
que estamos frente a mecanismos de desmentida de los autores, que se
reactivan por la fuerte marca que ha caído sobre esta patología, tal
vez debido a la semejanza que puede tener con respecto a cuadros
neurológicos severos. Otra posibilidad está vinculada a la influencia
de ciertos circuitos sociales como asociaciones de padres, psicólogos
con otros marcos teóricos, desde donde se impulsa la necesidad de
desresponsabilizar a la familia de estos niños.
Cuando
Tustin y Mahler expresan que la patología sobreviene “sin culpa de
nadie”, “que los padres sienten amor por sus hijos”, se deja de
lado la noción de inconsciente, ya que si desde lo consciente no hay
intencionalidad de dañar, no se trata de padres violentos,
maltratadores o de abusadores sexuales manifiestos; sí son padres que
padecen ellos mismos una historia de abandonos, maltratos, abusos
psicofísicos y que repiten sus conflictos inconscientes en el vínculo
con sus hijos.
Las
hipótesis de M. Mahler acerca del desarrollo del infante normal, su
descripción de las fases: autista normal, simbiótica y
separación-individuación, fueron aceptadas en el ambiente
psicoanalítico. Define la psicosis infantil autística como una
detención o regresión a la fase autista normal, por lo tanto se trata
de niños que están en un estado mental prácticamente vegetativo, ya
que: “la función principal de esta fase es la de mantener (con
mecanismos predominantemente fisiológicos) el equilibrio homeostático
del organismo en las cambiadas condiciones posteriores al parto”.
En
cuanto a la etiología, si bien le otorga importancia a la interacción
madre-bebé, a la necesidad de un “ambiente previsible normal”, se
inclina con considerarla de causas innatas; es esta su postura en
relación a todas las psicosis. “[…] es muy difícil determinar si en tal
o cual caso de psicosis infantil temprana la grave perturbación fue
causada por la patología y la falta de empatía de la madre o por una
gran desviación innata del yo del niño […]”. “Es un hecho comprobado
que muchas madres de niños esquizofrénicos les brindan un genuino
amor, los aceptan de buen grado y no parecen ser excepcionalmente
posesivas, infantilizantes o restrictivas”. “[…] la naturaleza humana asegura una mutualidad entre el hijo y su madre,
[…] la traumatización y la crónica privación emocional imputables al
ambiente parecen dañar a un bebé constitucionalmente sano solo si ese
bebé es muy pequeño […] a partir del cuarto, el quinto o el sexto mes
el bebé constitucionalmente sano fuerza automáticamente la empatía del
adulto. Los gestos del pequeño con los cuales busca establecer contacto
apelan al anhelo más esencialmente biológico de la mujer. De ahí que la madre dé inmediatamente gratificación emocional, así como alimento, a menos que su psicopatología la haya hecho incapaz de responder a las demandas del pequeño. […] parece que ese daño fundamental infligido al yo que se resuelve en psicosis infantil se produce en niños que tienen una Anlage hereditaria o constitucional o en niños en quienes predomina algún factor intrínseco” (la bastardilla es mía).
Ahora
bien, estas afirmaciones se ven contradichas por su relato de los casos
clínicos, por ejemplo: “Lotta, de tres años y cuatro meses, sufría de
una perturbación autística innata. Padecía de múltiples
traumatizaciones a causa de una madre que, por su parte, vivía en una
odiosa dependencia de su propia madre. La historia clínica registraba
graves carencias de alimentación y una herida en el labio causada por
una cuchara en edad muy temprana; también estaba consignado un estricto
y desagradable régimen de precoz entrenamiento del control de
esfínteres. Una vulvovaginitis siguió a las primeras muestras de que
Lotta comenzaba a tocarse. De esta manera la sobreestimulación
traumática impidió la libidinización zonal normal en todas las esferas
del desarrollo psicosexual. Sin embargo, creo que esas traumatizaciones
no se habrían producido si no hubiera habido una gran patología
intrínseca del yo.
Las
pugnas diarias con la constipación, con remoción digital de las heces,
eran solo una indicación de la clase de atmósfera que
predominaba”. “A los tres años y medio, Lotta no hablaba ni se
comunicaba por gestos, ni había logrado la integración de manos, boca y
ojos. Tampoco se alimentaba por sí misma y mostraba una aterrada
reacción ante la menor posibilidad de tocar a alguien o de que
cualquier persona la tocara”. En cuanto a la inteligencia, dice: “[…] correspondía incluirla entre los imbéciles”.
Sorprende
cómo Mahler puede relatar los maltratos a los que sometieron a la niña
y, a pesar de ello, decir que no habrían tenido efectos traumáticos, si
no hubiera habido una gran patología intrínseca del yo. Prosigamos algo
más en el caso. Lotta, ya en el transcurso del tratamiento, “[…]
comenzó a llevarse a la boca todos los objetos que le gustaban […]”. Y entonces ocurrió lo siguiente: “Una
vez, durante el viaje de regreso a la casa, la madre, como lo hacía
habitualmente, encendió un cigarrillo con el encendedor eléctrico del
automóvil; Lotta, sin que nadie lo advirtiera, tomó el encendedor
incandescente y se lo llevó a la boca, con lo que se provocó una grave
quemadura en los labios […]”.
No
hay alusión al posible descuido de la madre, sino que parece aclarar
que no fue a propósito, al decir “[…] sin que nadie lo advirtiera”. Ni
lo relaciona con “[…] la herida en el labio causada por una cuchara en
edad muy temprana”. ¿Debemos responsabilizar al encendedor o a la
cuchara? ¿O a la niña, por haber sido un bebé que no supo cuidarse y
que, a los tres años y cuatro meses, todavía no había aprendido a
hacerlo? ¡Ah, claro, esto debe seguramente indicar la falta de contacto
con la realidad de esta niña y, por ende, de todos los niños autistas!
Esta ironía, que espero me sea disculpada, es la forma en que, no pocas
veces, se hacen las hipótesis, que luego pueden ser aceptadas como
verdades. Y lo grave son las consecuencias, no solo para la ciencia,
que sería lo de menos, sino para la vida de estos chicos, a quienes se
condena a no ser.
Continúa
Mahler con el caso: “Cuando Lotta se sentía afligida, todo su
cuerpecito era sacudido por sollozos sin lágrimas; sin embargo, no
buscaba ni aceptaba ayuda de nadie, sino que se tendía en el suelo y se
apretaba contra aquel sólido apoyo. Asimismo, se trepaba al alto sillón
de la familia, pero no al regazo del padre o de la madre”.
¿Acaso
no es lógico pensar que esta niña, cuyos padres la habían dañado, se
habían convertido en peligrosos, y que por lo mismo no podía esperar
ninguna ayuda de ellos, debía autocalmarse, y que el suelo era en
verdad un “sólido apoyo”, o que el sillón la podía contener?
Pero
Mahler encuentra otra explicación: “Esta niña psicótica autística se
caracterizaba (como todos los niños autísticos a quienes observé) por
una peculiar incapacidad para establecer una distinción entre objetos
vivos y objetos inanimados, ni siquiera en el sentido
perceptivo”. La capacidad de saber dónde está el peligro y defenderse,
no acercarse a los que han producido dolor, elegir lugares seguros, que
no lastimen, se convierte en esta lectura en “incapacidad”, incapacidad
básica, primaria, perceptual, que inmediatamente designa un (sacar esta palabra.falto) o inexistente
precario aparato psíquico, y que además se generaliza. En las
descripciones de los autistas, casi siempre, o mejor dicho, siempre, se
los señala por la negativa: no hacen, no miran, no contactan, etc.,
siguiendo un modelo sociocultural compartido, ¡de lo que debe ser!, con
lo que de nuevo se los señala como no psíquicamente
existentes.
Mahler,
como Kanner y Tustin (y como todos lo que trabajamos con esta
patología), también advierte contra el exceso de diagnósticos de
autismo: “[…] cualquier cuadro clínico de psicosis infantil en el que
se detectaba algo que se pareciera a mecanismos autísticos y en que se
comprobara una ruptura psicótica con la realidad en un niño pequeño era
automáticamente designado como ‘autismo’”.
Esta
afirmación la suscribimos, pero, como ya lo dijimos, no solo se hacen
diagnósticos errados entre las diferentes psicosis, sino que hay
profesionales que yerran en discriminar entre neurosis y psicosis,
algunos por desconocimiento y otros por… ¿frivolidad?, ¿como parte del
“mundo líquido”, de la globalización? ¡Como si no tuviera
consecuencias este error! Como si la palabra hubiese perdido
incidencia, ¿ya no importa qué se diga?, ¿dará lo mismo que a los
padres se les diga que su hijo es un psicótico o un neurótico?, ¿será
igual la dirección de la cura que conduzca un terapeuta, si piensa que
su paciente es un psicótico, que si piensa que no lo es?, ¿es una
antigüedad, en este mundo del fast food, pensar, profundizar largos años en un tema?
Con respecto a Frances Tustin, en su primer libro, Autismo y psicosis infantiles,
acepta la fase de autismo primario normal, lo que la lleva a deslindar
el autismo de las psicosis y a decir que es un estado de
autosensorialidad y de defensa para no caer en la psicosis. Resulta
contradictorio, ya que por una parte sería un estado primitivo, como
prolongación del autismo normal, no una psicosis con el trabajo mental
que tiene esta enfermedad, y por la otra, al darle connotación de
defensivo, le está otorgando la cualidad de trabajo mental.
Hace una clasificación del autismo patológico: APA; autismo
primario anormal, como prolongación del autismo normal, por falta total
de cuidados elementales, como los niños internados, descriptos por
Spitz, que caen en marasmo por falta de atención y que pueden llegar a
la muerte o tienen impedimentos graves orgánicos. Los describe como
niños fláccidos y ameboides. Esto no es el autismo al cual nos
referimos, el aislamiento es solo un signo, sino estados graves de
carencia ambiental, u orgánicos como Tustin misma dice. No son
pacientes que llegan a la consulta ambulatoria.
ASE:
autismo secundario encapsulado, corresponde al autismo infantil precoz
de Kanner. Y por último, ASR: autismo secundario regresivo, describe la
esquizofrenia, donde el autismo puede ser solo un síntoma, como había
dicho Bleuler, enfermedad bien delimitada con mecanismos diferentes de
los del síndrome autista, por lo que no considero necesario el cambio
de denominación.
En Estados autísticos en los niños,
escribe: “[…] utilicé el término ‘autismo’ tanto para referirme a
estados tempranos infantiles normales como para estados patológicos.
Esto dio la impresión equivocada de que yo consideraba a la primera
infancia como un estado pasivo, inactivo, en lugar del estado activo y
de búsqueda que es sin lugar a dudas”. Sin embargo, el primer capítulo
lo titula: “Autismo primario normal y autismo patológico”.
Resulta difícil modificar hipótesis cuando están arraigadas.
En uno de sus últimos trabajos
(1993), anuncia como un error la existencia de ese estado (Mahler ya lo
había hecho años antes), a raíz de la “[…] muy convincente propuesta de
Stern, de que el recién nacido se muestra perceptivo y activo desde el
comienzo mismo de la vida”.
En
este artículo dice: “[…] el síndrome autista es una versión infantil de
un trastorno de estrés postraumático”. “[…] no es un trastorno
esotérico sino que está relacionado con otras formas de trastorno
mental”. “[…] constituye una enfermedad en dos tiempos: primero madre y
bebé sienten que cada uno forma parte del cuerpo del otro, y la segunda
etapa: la pérdida de esta ‘unicidad’ patológica entre ambos”.
Desde
su primer relato del caso John (época en la que aceptaba la hipótesis
de Mahler), le pareció factible entender y ayudar a este niño.
Contradicciones frecuentes entre los autores que se dedican al
autismo, como vamos viendo.
En
relación con estos niños, dirá: “[…] tendemos a subestimar cuánto ellos
comprenden”. John “[…] presentaba todas las características del autismo
precoz de Kanner”.
Este paciente habla del “botón
rojo”, el “pinche feo”, como partes del cuerpo que quedan mutiladas a
raíz de la pérdida del objeto, de la sensación de congelamiento, del
“agujero negro”, modo de expresar la “depresión psicótica” que
Winnicott había descripto. Tustin entendió al autista como un niño
arrasado por dolores lacerantes, por terrores profundos, resultantes
del intenso sadismo que lo empuja a realizar ataques rabiosos al
objeto. En este importante punto se acerca a Klein y se diferencia de
D. Meltzer, quien no reconoce la existencia de sadismo en estos niños.
Dice
que el aislamiento es la defensa primordial: “Los niños autistas están
envueltos en sus propias sensaciones corporales, crean su cobertura
protectora propia […] parecen sordos […] no miran a los ojos […] es un
modo particular de guarecimiento […]” […] “la sensación que prevalece
es la de estar escondidos, abroquelados y protegidos”.
Porque las angustias de estos niños son de índole muy primaria: caer, desparramarse, licuarse, se momifican para sobrevivir.
La
hipótesis de Tustin acerca de los orígenes del autismo es: “[…] han
desarrollado […] una formación masiva de reacciones evitadoras a fin de
tramitar una percatación traumática de separación física de la madre.
Esto ha hecho intrusión en su conciencia
antes de que su aparato psíquico estuviera preparado para sobrellevar la tensión”.
En
sus dos últimos libros se refiere a los rasgos autistas que pueden
observarse en pacientes neuróticos (le otorga a Sydney Klein la autoría
de este hallazgo): “En ciertos pacientes, niños y adultos, los
rasgos autistas […] están ocultos bajo un estrato de funcionamiento más
normal. La inestabilidad de este último se manifiesta cuando el trabajo
avanza en profundidad”. Lo observa, en particular, en los fóbicos y en
los obsesivos, en la base de perturbaciones maníaco depresivas y en
algunas anorexias nerviosas.
En
cuanto a la etiología, coincide con Mahler en otorgarles preeminencia a
factores innatos: “La idea errónea de que a todos los niños autistas
les ha faltado amor cuando bebés ha conducido a poner excesivamente el acento en causas ambientales, así como a intentos sobrecompensatorios de remediar su condición autista” (la bastardilla es mía).
De nuevo se dejan de lado el funcionamiento del inconsciente y la influencia de las patologías familiares.
¡Además, como si fuera cierto que todas las madres y todos los padres aman a sus hijos!
Con
“[…] poner excesivamente el acento en causas ambientales e intentos
sobrecompensatorios […]”, si bien Tustin no lo menciona, seguramente se
refiere a Bruno Bettelheim, que en la Escuela Ortogénica de
Chicago venía llevando a cabo, desde alrededor de 1950, el tratamiento
de niños psicóticos.
Este
psicólogo vienés había alojado en su casa a dos niños autistas, no los
dos juntos todo el tiempo, aclara Bettelheim. Detenido en los campos de
concentración nazis, para sobrevivir (así se llama el libro donde
relata esta experiencia) trató de disociarse, y se dispuso a hacer
observaciones de la vida emocional de los prisioneros que, luego
dirá, le fueron de utilidad para entender el mundo de las
psicosis, en particular de los niños autistas. Describe la “situación
extrema”: “[…] imposibilidad de sustraerse a ella, pero potencialmente
para toda la vida; nada se podía predecir sobre ella; la vida misma
estaba constantemente en peligro, sin que se pudiera hacer nada para
impedirlo”.
Lo
que destruye la personalidad es lo irrevocable. Esto provoca la
deshumanización: pérdida del sentido de autonomía, de la
actividad espontánea, de todo deseo y emociones, alexitimia y el
bloqueo de la percepción de la realidad.
Para
Bettelheim el bebé es activo, el acto de mamar es un hecho de actividad
y de mutualidad, el niño busca y toma el pecho, y la madre necesita que
el pecho sea succionado. Reconoce dos períodos críticos durante el
desarrollo, a los seis meses el primero y el segundo hacia los
dieciocho meses.
Toma
en cuenta el factor innato, constitucional, que influirá en la forma en
que el niño perciba y reaccione en los avatares del vínculo con su
madre, y al mismo tiempo les otorga mucha importancia a los
sentimientos verdaderos de esta.
Los
niños psicóticos “[…] presentaron un elemento común: un miedo
permanente por su vida […] todos los niños psicóticos sufren a causa de
la experiencia de haber sido sometidos a unas condiciones de vida
extremas, y la gravedad de sus perturbaciones está directamente
relacionada con el momento en que aparecieron esas condiciones, su
duración y el mayor o menor grado en que afectaron al niño”. “[…]
porque interpreta mal las acciones o los sentimientos de la madre, o
bien porque interpreta correctamente los sentimientos negativos de
esta, el niño puede retirarse de ella y del mundo”.
Bettelheim
fue admirado y aplaudido por algunos de sus colegas y vilipendiado por
la mayoría, porque tuvo la osadía de decir que los padres de los
autistas albergaban deseos de muerte hacia sus hijos, y que estos
habían vivido situaciones de extremo sufrimiento. Se tomó como
ofensivo, con un criterio moral, de ahí que arreciaran las voces en
“defensa” de los padres; la noción de inconsciente siguió brillando por
su ausencia.
El
tratamiento que les ofrecía en la Escuela Ortogénica, donde los niños
vivían durante el tiempo que necesitaba su recuperación separados de
sus padres, consistía “[…] en crear especialmente para el niño
psicótico un mundo totalmente diferente del que él ha abandonado en su
desesperación, más aun, un mundo en el que pueda entrar ahora mismo,
tal como él es”. “[…] y no que está otra vez repitiendo la experiencia
de que ‘todos quieren que salga de mi mundo y entre en el suyo’” […]
“crear un medio que pudiera favorecer la reconstrucción de la
personalidad”.
Winnicott
retoma las ideas de Bettelheim, en cuanto a: “[…] el concepto del odio
inconsciente (reprimido) de la madre hacia el niño. A cualquier edad, y
sobre todo en la temprana infancia, el efecto del deseo de muerte
reprimido hacia el bebé es perjudicial, y desborda la capacidad del
bebé para tramitarlo”. “[…] el niño se esfuerza todo el tiempo para
llegar al punto de partida, o sea para contrarrestar el deseo
inconsciente de los padres (encubierto por formaciones reactivas) de
que el niño se muera”.
Reconoce
el mérito de Kanner en haber circunscripto al autismo, pero duda de la
utilidad de diferenciarlo de la esquizofrenia infantil. Esta postura es
de 1966; al año siguiente parece estar más convencido de la entidad de
esta patología. La concibe como una organización defensiva, donde lo
más destacado es la invulnerabilidad del sujeto.
“El niño lleva consigo el recuerdo (perdido) de una angustia impensable
y su enfermedad es una estructura mental compleja, que lo resguarda
contra la recurrencia de las condiciones de la angustia impensable”.
Una vez que: “[…] la enfermedad está estabilizada […]”, dice: “[…] el
que padece es el ambiente y no el niño”. Siguiendo este criterio, se
pregunta: “[…] ¿vale la pena?” tratarlos, ya que: “Hay apenas una leve
posibilidad de ‘cura’; solo puede mejorarse la afección y aumentar
notablemente la experiencia personal de sufrimiento que tiene el niño”.
Winnicott
no aclara a qué se refiere con “enfermedad estabilizada”, y tal vez
acepta la negación de los padres del padecer del hijo. El autista vive
siempre acosado por dolores lacerantes, y hay que intentar la cura, por
poca que pueda parecer la mejoría. No es el tratamiento el que lo hará
sufrir más; en todo caso el encuentro con otro que lo recibe, aunque
fuese solo acompañamiento, le hará sentir que no está tan expuesto ni
solo frente al dolor.
Este
recorrido por los principales autores que se dedicaron a las psicosis
infantiles y en especial al autismo permite reconocer sus aportes, y
reconocer también el tortuoso y difícil derrotero que implica intentar
profundizar en estas patologías tan primarias, ya que remiten a los
orígenes de la estructuración del aparato psíquico, lugar de
divergencias teóricas y donde, por lo tanto, son imprescindibles el
intercambio y la discusión.
En
cuanto a mi recorrido con niños con psicosis infantiles, si bien había
trabajado con algunos pacientes, fue en 1975, cuando comencé el
tratamiento de una niña autista de dos años y cuatro meses de edad,
Mariela, con cinco sesiones semanales, durante cuatro años, que mi
interés hacia estas patologías fue in crescendo. Me han
acompañado diferentes equipos de colegas en esta tarea. Desde hace diez
años, por un convenio entre APA y el Comité de Docencia e Investigación
del hospital C. G. Durand, llevamos a cabo la investigación del autismo
en dicho hospital.
En
el marco de esta investigación atiendo solamente pacientes autistas sin
lenguaje y sin trastornos orgánicos; los colegas tratan también a niños
con otros cuadros y realizan los tratamientos familiares.
Autismo
es una palabra creada por Bleuler, presentada como un síntoma
fundamental de la esquizofrenia o actitud particular del
esquizofrénico, que según Henri Ey, “[…] se convirtió en la
característica misma de la esquizofrenia”.
Cuando
Kanner separa de las esquizofrenias el autismo infantil precoz, autismo
ya no indica un síntoma sino una enfermedad, una psicosis.
Con
el tiempo se desvirtuó el uso de este término, que perdió la entidad de
síntoma y también de psicosis. No se trata de un preciosismo
terminológico, una exquisitez, sino que las palabras dan cuerpo y
sentido a los hechos; con el mal uso del término autismo se impuso una
gran confusión. Es preciso concordar en los términos para no crear
mayor dificultad con una patología difícil de por sí. La consecuencia
de estos cambios fue que el autismo (como enfermedad) no solo dejó de
tener un sentido sino que, tras desplazamientos varios, hasta dejó de
ser una patología que nos concierne. Fue tomando cada vez más el camino
de la oscuridad, cercada dentro de las enfermedades extrañas,
enigmáticas u orgánicas.
Se oscila, de un extremo al otro, de una expansión que la banaliza, hasta el enigma orgánico.
Es
necesario aclarar que el autismo es un síntoma que se refiere al
aislamiento, la retracción a un mundo interno cerrado y alejado de la
realidad; como tal puede formar parte de distintas patologías, desde
psicosis hasta neurosis y hasta aspectos de la vida normal. El síndrome
autista (conjunto de signos y síntomas) es una psicosis diferente de
las otras, con características particulares, que es lo que se intenta
desentrañar.
Que el uso lleve a llamar solo autismo al síndrome autista no autoriza el cambio de significado.
Entonces,
el autismo como patología (insistamos, es difícil destrabar las
impregnancias que ya adquirió, tanto en lo social como para
ciertos “especialistas”) es un trastorno psicológico, es una psicosis;
no es orgánico, no es un misterio para dejarlo del lado de lo
esotérico, es posible comprenderlo como una particular conformación del
aparato psíquico, y es abordable para el psicoanalista.
Hechas
estas aclaraciones, paso a intentar transmitir algo de lo que los años
de trabajo me han llevado a pensar respecto de esta enfermedad.
Ya
descartado el autismo normal como etapa del desarrollo, el autismo no
es una detención o regresión a ese estado sino una nueva creación.
Destaco lo de creación, que indica trabajo psíquico. Son niños que
trabajan y han trabajado arduamente para defenderse de sus terrores, y
han conformado esta enfermedad; como dijo un paciente: “Yo hace muchos
años que trabajo”.
Se configura un estado delirante donde el delirio no está sobre todo en el discurso, como en la esquizofrenia, sino en el cuerpo y las conductas.
“El
delirio es una manifestación restitutiva que surge como defensa frente
a la pérdida de la realidad, que en el esquizofrénico sucede a la
vivencia de fin de mundo, y en el autista se revela en todo su ser. Él
se expresa: es el único protector de sí, el mundo es evitado por ser
decididamente hostil, él puede solo, megalomanía que está en la base
del aislamiento y que adopta distintas apariencias: soledad,
movimientos mágicos que responden a pensamientos mágicos, utilizar el
cuerpo del otro, apoderarse del cuerpo del otro, no porque no lo
distingan del propio, como afirman algunos autores, entre ellos Tustin,
sino como apropiación esclavizante de un otro que sí reconocen pero al
que dominan y controlan en su mente. El silencio, el evitar la mirada,
la aparente indiferencia forman parte de este delirio megalomaníaco. La
tiranía que ejercen estos pacientes de múltiples maneras sobre el
objeto y el medio es expresión tanto de su terror al objeto como de su
construcción delirante. El terror los lleva al control, este control es
delirante por ser llevado al extremo y, sobre todo, por lo que implica
de expansión yoica efecto de la retracción libidinal del objeto”
(Cecchi, 2005).
Se niegan al mundo externo, necesitan hacer creer a los otros que no existen; el libro Autismo y otras psicosis infantiles lleva también por título Los otros creen que no estoy,
expresión literal de un paciente en tratamiento. Dicha actitud es la
resultante del miedo al objeto, al que vivencian como hostil, como fue,
o así lo sintieron, su objeto materno. Están atentos, en guardia
permanente, no aislados sino hiperconectados con el mundo externo para
controlarlo, vigilantes; para protegerse de él se esconden, es una
conducta activa de evitación; evitan mirar, porque mirar a los ojos es
exponerse, por eso lo hacen cuando no son mirados, o miran como si no
vieran, para que los otros crean que no ven; evitan oír, para eso no
contestan, tanto que se los confunde con sordos, y se tapan los oídos,
evitan hablar, evitan todo contacto con el objeto persecutorio. Se
esconden detrás de una trinchera para protegerse de ser aniquilados.
Este atrincheramiento es deletéreo si se persiste en él, la fortaleza
finalmente se vacía. Son los jóvenes o adultos deteriorados, sin
lenguaje comprensible. El deterioro de las psicosis infantiles es
rápido; se ven niños de diez años con el aspecto de los crónicos
de los hospitales psiquiátricos, de ahí la importancia de la detección
precoz y el tratamiento, sabiendo que se los puede comprender y curar.
Son niños aterrorizados, tienen un enorme sufrimiento, se defienden
(mal, pero lo hacen) de lo que creen es el motivo de su sufrimiento.
Basta con ver esos ojos que se opacan, que parecen no existir, la
desesperanza que transmiten; a veces es tan difícil aceptar en los
niños esos dolores tan profundos, que el observador no lo resiste,
prefiere defensivamente creer que eso tan lacerante no es verdad, que
es solo vacío. Nos conecta con los dolores más intensos de nosotros
mismos, sepultados en el cuerpo, huellas tan primitivas con las que no
querríamos volver a encontrarnos.
Considero que elrrecién
nacido que padecerá autismo es acosado de manera permanente por
sensaciones dolorosas; es en el vínculo con la madre donde se va
constituyendo un aparato psíquico que se encuentra siempre demasiado
expuesto, en carne viva, frente a los estímulos externos e internos.
Desde el nacimiento, y aun antes, se comprueba la distancia afectiva de
la madre, como defensa frente a la hostilidad que le despierta el hijo,
que según las diferentes estructuras psíquicas se manifiesta de manera
diversa, no solo en las que presentan un cuadro depresivo, que es el
más detectable. Este distanciamiento impide que se logre el buen
contacto madre-bebé, pero es el recurso por el que opta la mamá para
protegerse y proteger al niño de sus sentimientos hostiles, que son muy
intensos; con ello preserva la vida física del niño, pero no la vida
psíquica.
En todas las psicosis infantiles hay un estado depresivo que por lo general pasa desapercibido y
que precede a la instalación de los síntomas; se caracteriza por
trastornos en el sueño, en la alimentación, llantos prolongados
imparables, apatía, facies depresiva, tristeza, decaimiento; en el
autismo es más profundo que en la esquizofrenia, se presenta en los
primeros meses de vida.
En
un principio, me vi llevada a plantear que estos pacientes no tenían
alucinaciones hasta que mejoraban, error que respondía a la hipótesis
de un psiquismo precario. A través de la experiencia entiendo que sí
tienen alucinaciones, tanto positivas como negativas; estas últimas son
las más frecuentes y difíciles de observar. Pienso que la
desmentalización que describe Meltzer, como “[…] la suspensión inmediata y transitoria de la actividad mental, característica del estado autista […] con suspensión de la vida mental como en el petit mal […]”,
sea, por el contrario, momentos productivos alucinatorios. Respecto de
las identificaciones primarias, llegué finalmente a entender que las
hacían con ambos progenitores, pero con los aspectos más enfermos de
estos.
En
cuanto al lenguaje: el niño que estructurará un autismo, al igual que
todos los seres humanos, está inmerso en él, lo precede un mundo
hablante, solo que en estos casos se inmoviliza o adquiere
características extrañas, como consecuencia del encuentro con un
otro que, al no erogeneizarlo de manera adecuada, y que no le autoriza
la subjetivación, tampoco ha creado el lugar de encuentro lúdico y
separación no traumática para que la palabra advenga. Hemos observado
reiteradamente la sordera de las madres a las palabras de sus hijos.
La clasificación de autismo primario y secundario que postulan Tustin y otros autores, a mi parecer no sería pertinente; “[…] esta
clasificación surgió en función de la detección más temprana o no del
trastorno. Este síndrome se va conformando desde los primeros momentos
de la existencia. Y aun antes, de acuerdo al tipo de vínculo que se
perfila dentro de la mente de la madre y del padre con relación a ese
hijo por nacer, que precede al niño y a los propios padres, sometidos a
sus singulares historias” (Cecchi, 2005).
Por
otra parte, como ya hemos mencionado, Tustin describe el autismo
primario anormal (APA) refiriéndose a niños con trastornos orgánicos
graves o déficit ambientales severos.
Las
autoagresiones, morderse las manos hasta hacerse callosidades,
golpearse la cabeza de manera brutal, hacerse lastimaduras hasta
sangrar, indican un intenso sadismo dirigido contra sí mismo, de
resultas de la represión materna a cualquier expresión de agresividad
hacia ella en principio, que luego se extiende hacia todo el mundo
externo. Esta inhibición llega a ser tan intensa que los lleva al
extremo de no morder los alimentos; en los casos más graves solo
ingieren líquidos. El uso de todo el cuerpo está inhibido, de las manos
para asir objetos, de las piernas para caminar desenvueltos y firmes,
de los ojos para mirar tranquilamente. Describí, también en los
comienzos, que estos eran niños que no estaban erogeneizados, por eso
la ausencia de tocamientos de las zonas erógenas habituales; no hay
chupeteo de los dedos, nada que indique la obtención de placer “normal”
con el cuerpo. Posteriormente concluí que no solo no han sido
erogeneizados sino que han sido y siguen siendo solo cuerpos para
maltratar y manipular; todo “gesto espontáneo” está prohibido, desde
los primeros momentos de sus vidas.
Son
niños que no han sido concebidos para ser un sujeto, sino para cumplir
con deseos narcisistas tanáticos de sus padres. Los padres de los
autistas se diferencian de los padres de los esquizofrénicos o de los
confusionales en que, por lo general, tienen una apariencia de
normalidad, hasta tal punto que resulta desconcentante que tengan un
chico tan enfermo. Esta era mi comprensión en los comienzos, hasta que
pude conocer más a fondo esta patología y la de los papás. Estos padres
son personas que han sufrido mucho, violencia, maltratos, sobre todo
abandonos tempranos, orfandad, no fueron reconocidos, experimentaron
pérdidas de seres queridos frecuentemente por suicidio, abusos de todo
tipo, no sexuales por lo general, de sus propios padres, que indagando
en las historias resultaron en su mayoría psicóticos; fueron niños
desvalidos que no se constituyeron como personas adultas. La actuación
de la pulsión de muerte atraviesa las distintas generaciones, y sobre
el autista convergen múltiples identificaciones patológicas.
“Otro
aspecto observable es la perversión en los padres de los niños
autistas, y en los padres de psicóticos en general. Perversión como
proceso en el cual el goce está implicado a partir de la
desobjetivación del otro, y donde el hijo es usado para satisfacciones
eróticas como objeto parcial: son manoseados, observados, manipulados
[…] y el niño queda alienado en la medida en que está al servicio del
goce perverso del otro” (Cecchi, 2005).
No
son perversos con actuaciones fuera de las que ejercen sobre este
cuerpo, el de su hijo, enmascarado bajo atenciones corporales,
excrementicias por ejemplo, o supuestos juegos; son actuaciones
privadas, dentro del grupo familiar, por lo tanto, no comprobables con
facilidad.
El
odio inconsciente hacia el hijo es reprimido y por lo mismo eficaz,
encubierto por formaciones reactivas. Los efectos de la pulsión
de muerte, que transita a través de generaciones, irrumpen al modo de
lo siniestro desde lo más inconsciente de los padres: grita y se revela
en la patología del niño. El silencio (defensivo) del autista es un
grito desesperado que está al servicio de su pulsión de vida.
El pronóstico “[…]
dependerá sobre todo de la posibilidad de tratamiento, la consecución
del mismo, de cuánto la familia se comprometa no solo en lo formal sino
en tanto se involucre afectiva y profundamente en la causación
y proceso de la enfermedad del hijo, y se produzcan cambios en el
funcionamiento psíquico familiar. Apuntamos a cambios psíquicos reales,
o sea sobre todo inconscientes, con relación al vínculo con el niño y
no a modificaciones conductuales” (Cecchi, 2005).
Con respecto al tratamiento
La
presentación clínica del autismo es variada; vemos desde niños
completamente desorganizados, con descargas motoras intensas, hasta
niños que presentan mayor permeabilidad para el encuentro con el
terapeuta. Siempre se observan el aislamiento, la retracción,
manierismos, estereotipias, lenguaje atípico o mutismo.
Cada niño ha creado su modo personal de instrumentar sus mecanismos de protección.
El
autista padece de “desconfianza básica”; el mundo externo, incluyendo
al analista, es persecutorio. Hay que tratar de revertir ese
sentimiento y lograr transformarlo en confianza.
Para
que esto ocurra, es preciso respetar al niño en su tiempo, que suele
ser mucho más lento que el del terapeuta, estar atento y receptivo a
sus expresiones, a sus estados de ánimo y a los propios; el paciente,
al sentirse reasegurado de la no-intrusión, no-violencia del objeto,
encuentra su manera personal de salir del encierro, para darse a
conocer. Una vez conformado un medio confiable, se atreverá, con
cautela, pero esperanzado, a indicarnos cuál es el camino que elige
para comunicarnos sus temores, deseos y fantasías. El reconocer su
existencia como ser humano, la intencionalidad consciente e
inconsciente de cada una de sus expresiones, reconocer su sentido,
permite el acceso al mundo de este niño que como todas las personas, es único, singular.
Recortes de la clínica con dos niños con autismo
Raquel
de seis años, en la primera sesión, al abrir la puerta del consultorio
para hacerla pasar, la veo estirada en el piso, boca arriba en el
pasillo, mirando hacia el techo, inexpresiva, la madre comienza a
arrastrarla por los pies con la intención, me dice, de hacerla entrar.
Por supuesto, le digo que no haga eso, y la señora se sorprende,
¡supongo que ante mi falta de criterio práctico! Esta niña era
comparada por los padres con “un trapo de piso”, porque estaba casi
siempre tirada en el piso y por la desconexión. R. es un caso típico de
autismo, con una frondosa sintomatología. Tuvo muchas ausencias a sus
sesiones.
Sesión
aproximadamente al año: estoy en la puerta de otro consultorio, salgo a
mirar; R. para mi sorpresa, viene a mi encuentro, me toma de la mano,
la saludo: “Hola”, y responde: “Hola” (nunca antes había respondido al
saludo), me conduce, siempre de la mano, a nuestro consultorio; al
entrar da unas vueltas, tiende a tirarse en la camilla, le sugiero si
no quiere utilizar sus materiales, saca la bolsa con plastilina, toma
dos pelotitas que yo había hecho en la sesión anterior, las toca, las
hace girar en sus manos; luego saca un trozo de plastilina azul que
ella había aplastado la vez anterior y en la que había marcado las uñas
y las yemas de los dedos de ambas manos (lo que había sido interpretado
en función de reconocer su identidad), vuelve a marcarla con uñas y
yemas, dedo por dedo, de ambas manos, primero la derecha, luego la
izquierda, con parsimonia y método, de un lado y del otro de la
plastilina, muy seria, concentrada, como en la sesión previa; algunas
veces pone los dedos en las huellas ya marcadas. Toma otro trozo de
plastilina amarilla, en la que había hecho el mismo trabajo que con la
azul, y repite el mismo juego. Interpreto que retoma la sesión
anterior, que las huellas en la plastilina son sus marcas, que así se
sabe quiénes son las personas; sus huellas son de ella sola y de nadie
más, que es única. Lleva la plastilina amarilla a la boca, la mastica y
la muerde, le pido que me la dé (esta nena se lleva objetos a veces
peligrosos a la boca), me la da enseguida, están marcados sus dientes;
esta escena se repite dos veces. Interpreto en la misma línea de la
identidad, esta vez por las marcas de sus dientes. Se acuesta en la
camilla (veo que sus manos están mejor, R. tenía callos), con la cabeza
y el tronco apoyados, mirando hacia arriba, la cadera girada, las
piernas quedan colgando hacia fuera de la camilla, la pierna derecha
encima de la izquierda; intento acercarme y estira su brazo para
impedirlo; R. comienza a mover la pierna derecha hacia arriba y abajo,
lentamente; le digo que una parte de ella me quiere mantener alejada,
pero que su pierna tal vez quiera estar conmigo. No hay ningún cambio
en su actitud; apoyo la palma de mi mano debajo del talón de su
zapatilla, no lo impide, la acompaño en su movimiento, arriba y abajo,
le digo que sí la pierna quiere jugar conmigo y empiezo a entonar sin
letra: “Arrorró mi nene”; de pronto R. se une a mí y le pone la letra;
luego de repetir la canción, y terminado este juego, entona unos
compases de una melodía de Mozart. Vencido mi asombro, hacemos un dúo
realmente placentero, un par de veces, después de lo cual R. dice:
música. Se levanta y deambula inquieta, le interpreto el miedo por el
encuentro entre ambas, tan intenso; como sigue muy inquieta, le digo
que mejor terminamos la sesión. Al entrar la mamá, le pregunto dónde
escucha R. a Mozart, responde que a R. le gusta mucho la música,
escucha un CD de música clásica con la Para Elisa todas
las noches, y que “si se llega a parar, grita, se pone loca”; además,
satisfecha, me cuenta que R., que le siempre les tuvo terror a los
perros, el día anterior estuvo paseando a uno, muy contenta, y lo
llamaba por el nombre.
Creo
pertinente aclarar, porque en el caso de Mariela utilicé la música para
intentar comunicarme con ella, y en la sesión que transcribo de Raquel,
me vi llevada a entonar una melodía, que si bien la música tiene una
significación trascendente en mi vida, no la utilizo como herramienta
técnica, sino que estoy atenta a las expresiones personales del
paciente. En los casos en que los niños no tienen interés musical dicha
herramienta no genera ningún tipo de respuesta, el niño no hace
sintonía con la propuesta, pero tampoco es vivido como algo intrusivo.
Gabriel,
de cuatro años; de su historia subrayo que a los cinco meses de edad su
padre (quien se ocupaba de él) es encarcelado y el niño no vuelve a
verlo hasta hace un mes.
Cuando
tenía nueve meses, su madre muere en forma súbita por un paro cardíaco.
Pasa unos días con unos parientes, y luego lo toma a su cargo una tía
materna que lo incluye en su familia, en la que continúa en la
actualidad.
No controla esfínteres. Emite sonidos: “hummm, hummm”. Su mirada es de una profunda desolación.
Al
comienzo de las primeras sesiones, se niega a entrar al consultorio,
llora, grita, quiere ir al primero donde había estado, vamos allí, nos
quedamos un rato, llevamos juguetes de ese consultorio al nuestro. Esta
actitud dura pocas sesiones; en la actualidad, grita, patalea y llora
si cuando llega estoy trabajando con otro paciente y debe esperar para
entrar. Este niño tiene temores bien fundados, se desespera, no quiere
perder más lugares ni personas. Esta es la línea por la cual voy
trabajando. En las sesiones, G. arma una torre con cubos, tan alta que
debe pararse en la silla para poner las últimas piezas. A continuación
saca los lápices de la cartuchera, raya con cada uno el escritorio y la
pared, y los va poniendo en orden uno por uno a su izquierda; durante
este juego, la torre se cae y queda en pedazos, algunos cubos caen al
piso; G. no los levanta ni vuelve a armar la torre. Le voy
interpretando de a poco y repitiéndolo: su profunda tristeza, que no
entiende que pasó con su papá y su mamá. Le cuento de la muerte de la
mamá y de la situación en que ocurrió, que la mamá lo quería mucho, que
no lo abandonó y que no va a volver, que lo que sucedió no es lo que
ella hubiera querido. La tía relató que a la madre la encontraron
muerta apoyada en la cama de G.
En
cuanto al padre, le digo que sí él dentro de poco va a volver. Que me
cuenta que antes, cuando él era muy chico, estaba con sus padres,
estaba todo bien, pero que luego eso se rompió, quedó en pedazos y él
también quedó roto; su necesidad de poner orden, en tanto desorden, y
de dejar sus marcas.
A
los dos meses de tratamiento: la sesión transcurre como las anteriores;
luego de ordenar los lápices, G. va hacia un placar, que está tapado
por una cortina. Revuelve, saca e inspecciona cada uno de los objetos
durante un rato; luego, saca la parte de abajo de una silla rota, que
tiene ruedas, y la hace girar. Este niño busca, quiere reencontrar a
los padres y a sus aspectos ligados a ellos perdidos; al no lograrlo se
angustia y realiza movimientos con finalidad hipnotizante. Esto se
repite durante algunas sesiones.
Sesión
un tiempo después: se mete dentro del placar, encuentra una escalera,
la saca (es un niño muy hábil y fuerte), la apoya contra la pared y
comienza a subir por los escalones, se toma con sus manos de la
escalera; yo, temiendo que se caiga, estoy detrás y lo sostengo
apoyando las manos en su espalda, le impido subir al último escalón,
tapándolo con la mano, ya que ahí no alcanzo a protegerlo, le digo;
repetimos esto varias veces, G. siempre de cara hacia la pared, hasta
que en una de las subidas, G. se suelta de la escalera y se tira para
atrás, lo sostengo, lo voy apoyando lentamente en la camilla, que está
pegada a la escalera. G. gira, con la cara vuelta hacia mí, me mira
abiertamente a los ojos (no lo había hecho hasta ese momento) y me
sonríe. G. se siente seguro con su terapeuta, confía, y eso le da
felicidad.
Estos
son dos ejemplos del encuentro con estos niños. Niños que siempre
asombran. Detrás de la apariencia, hay un mundo rico en posibilidades.
Solo es necesario saber que existen.
Resumen
Se
hace un recorrido por los autores más significativos que se dedicaron
al estudio del autismo, con comentarios acerca de las ideas de estos.
Se remarca la distinción entre autismo como síntoma y el síndrome
autista. Y a este síndrome como una psicosis diferenciable. Se describe
esta enfermedad, en sus aspectos fenomenológicos y en su funcionamiento
mental. El atravesamiento de las generaciones por la pulsión de muerte,
desligada, y el autista como receptáculo de identificaciones
patológicas. La perversión de los padres de estos niños, ejercida sobre
estos, y el deseo inconsciente de muerte, enmascarado con formaciones
reactivas. Se relatan dos extractos de sesiones, como ejemplos del
encuentro posible con el autista.
Bibliografía
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